Por suerte, no todo en las plataformas consiste en películas o series que ofrecen un inmutable y cansino menú de asesinos en serie, tiroteos, trepidante acción y persecuciones sin ton ni son; o bien empalagosas comedias que uno olvida nada más terminar su tedioso visionado. Forman parte de la cultura del olvido inmediato; entretenimiento sin chicha; una industria carente de arte o moral.Pero de vez en cuando se puede pillar una película de otros tiempos, a menudo en blanco y negro, que deslumbra y conmueve por su calidad cinematográfica, artística y argumental. Los actores son soberbios, los guiones y diálogos, afiladísimos, y con una banda sonora también a la altura.En plena caza de brujasEs el caso de La ley del silencio, un largometraje rodado por Elia Kazan en 1954 que cuenta con un excepcional guion de Budd Schulberg en plena caza de brujas puesto en marcha por el funesto senador Joseph McCarthy. Y eso que ambos fueron acusados de haber dilatado a sus antiguos compañeros de viaje del partido comunista. La banda sonora lleva la firma de Leonard Bernstien. Encabezan el excepcional elenco Marlon Brando, Eva Marie Saint, Karl Malden, Rod Steiger y Lee J. Cobb. Qué más se puede pedir.Volverla a ver durante la reciente visita a España del papa León XIV fue más que oportuno, ya que, como en los muy aplaudidos discursos del pontífice, aborda incómodas cuestiones de índole moral que solemos esquivar, tal vez por falta de tiempo, convicción o por pura cobardía. Es más, invita a pensar que ahora mismo estamos inmersos en una nueva caza de brujas que nada tiene que envidiar al más irredento macartismo.Algo parecido está pasando en el mundo editorial, en el que los intereses industriales se anteponen a la calidad literaria, que, si ya importa poco, peor lo va a tener con la irrupción de la IA. Abundan novelas anunciadas a bombo y platillo que salen de la imprenta cual salchichas, es decir, todas se parecen y más vale no saber cómo han sido confeccionadas, que diría Bismarck.Por otro lado, cada vez más se ofrecen en las redes sociales como Instagram invitaciones a leer novelas de Dostoievski, Joseph Conrad o Kafka. Será poque estos escritores, cada uno a su manera, nos plantea dilemas morales no sólo propios de su tiempo sino del nuestro. A fin de cuentas, todos llevamos dentro, al menos en potencia, un Lord Jim, un Raskólnikov, o un pobre diablo abandonado a su suerte en las puertas de un castillo al que nunca podrá acceder.La actual polarización de la política que asuela las sociedades de Occidente pretende dividirnos en buenos y malos, obviando adrede cualquier dilema moral. Ojalá fuera así de fácil, pero no lo es. Nunca lo ha sido. Una sociedad polarizada es pasta de delatores, traidores, sicofantes, repulsivos correvediles y conversos súbditos. Ya lo vivimos a lo largo de la guerra fría, y ahí están las novelas de John Le Carré o el converso al catolicismo Graham Greene, cuyas novelas siguen retorciéndose en nuestra cada vez más confusa, confundida y debilitada conciencia.En 1954, Donald Trump cumplía ocho añitos, en pleno auge de la era dorada de los westerns, que los grandes estudios de Hollywood producían con frenesí industrial. Importaba poco o nada que fuesen rodados en blanco y negro o en tecnicolor: porque todos sabíamos quiénes eran los buenos y quienes los malos. Lo mismo se puede decir de las películas bélicas de aquellos años, que tampoco eran pocas.A volver a ver estas películas al cabo de tantos años - hay cadenas de televisión que no paran de reponerlas-, uno se da cuenta que no hace falta ver la cinta entera, pues entras en cualquier momento, sigues un rato la acción, y sin llegar hasta el final, sabes perfectamente por dónde van los tiros. Algo similar sucede en nuestros parlamentos. Bastan unos cinco o diez minutos para hacerse una idea aproximada de qué va la bronca sesión, que de todos modos no sirve para nada.Donald Trump es el director y el protagonista de una nueva serie que mezcla los westerns y las pelis bélicas de su juventud con resultados decepcionantes, y en la que él es el único bueno y todos los demás más malos que la tiña. Si su cuota de audiencia sigue bajando, cabe la esperanza de que se quite ese bodrio de serie de la cartelera antes de emitir los últimos episodios, y el mundo vuela a respirar y plantearse cuestiones morales y no solo en blanco y negro, sino empleando todos los colores del arcoíris.