El paso de las películas por las salas cada vez es más fugaz. También merecido. No tengo cifras, pero sí la sensación de que nunca se ha rodado tanto. No solo cine. También infinitas series. Y un exceso de documentales sobre sucesos y personajes peregrinos. Todo ello porque hay que alimentar sin descanso a las plataformas, al entretenimiento o a la fórmula para matar el tiempo (qué tenebroso resulta el enunciado de esa actividad) que adopta tanta gente al permanecer en sus casas. Consecuentemente hay que alimentar al lúdico monstruo a velocidad de vértigo. Da igual que casi todo sea clónico, repetitivo, regido mayoritariamente por fórmulas mediocres o infames. Que no falte en ningún momento la droga, aunque esté adulterada hasta límites cochambrosos.
Alguna plataforma alardea de que estrena todos los días una nueva película. Que no resiste en gran parte de los casos más de 10 minutos de atención. El verano también invita a la desidia total en la programación, aunque el público siga pagando y además tenga que soportar la publicidad. Conozco a espectadores con adicción que se lamentan del desolado páramo, que repiten: es que no hay nada nuevo que merezca la pena, y lo que me complace de lo antiguo ya lo he visto todo más de una vez.






