Cuando veo partidos de fútbol entre selecciones, cuyos jugadores profesan una religión diferente aunque su dios sea el mismo con distintos nombres, suelo preguntarme en qué estará pensando esta divinidad ante estos eventos y, también, qué tipo de fe cultivarán los profesionales del balón como sus hinchadas, sean teístas, deístas, fideístas o agnósticos, y de qué forma la activan mientras juegan sus selecciones en la cancha, caso de que así suceda.
En este mundial se ha hecho hincapié en la capacidad del fútbol para unir a los pueblos entre sí, superando sus inveteradas costumbres políticas y, naturalmente, religiosas. Es verdad que el fútbol de momento no ha parado las guerras. Quizás. eso se deba a que el fútbol una a los pueblos, pero no a sus dirigentes. Y a que el fútbol, al ser postulado como una seña de identidad popular, termina más por dividir que por unir a sus gentes. Ya se dice que el fútbol, como la religión, son el opio del pueblo. Opio o paracetamol. O lo que diga Camus, por supuesto.
Hay quien ha señalado que hasta el fútbol une a los que profesan distinta fe, pues se razona que si el balón une a izquierdas y a derechas, ¿por qué no lo va a hacer entre gentes que rezan desde una orilla distinta o no lo hacen, como los ateos? A su manera, Vázquez Montalbán lo sugirió en su desternillante ensayo.











