Tuve la oportunidad de jugar al rugby varios años. Recuerdo que un contrincante solía animar a sus compañeros a la voz de: “¡Hay que sufrir!”. Supongo que para alentar el aguante ante las eventuales contrariedades del partido. Aunque: ¿sólo eso? Lo dudo. Los bichos humanos somos muy complejos, tanto que Freud puntualizó al masoquismo como la tendencia primordial que anima a los seres hablantes. La cuestión viene a cuento por el paisaje humano del que fuimos testigos y partícipes en el reciente triunfo ante Cabo Verde. Comienza el encuentro. Tranquis. Estamos para ganar. Entusiasmo. Viene el gol del Messi-as. Felicidad. Abrazos. La expectativa de asistir a una goleada y luego a celebrar a nuestros héroes. Nuestros héroes nos escucharon porque también se relajaron, distendieron, miraron, y de pronto: el equipo que solo oficiaba como simple partenaire nos enchufa un golazo tras una exquisita jugada. ¡Ay! ¡Horror! Esto no es posible. Qué calamidad. Y aquí comienza el show masoquista con su larga saga de increíbles actuaciones. Para empezar: el afán de control. El partido se disputa a miles de kilómetros del hogar, bar o escenario donde el espectador visiona la pantalla. Sin embargo, se escucha: “¡Sentate en esa silla, la del partido con Argelia, que ganamos, che!” o “¿Encargaste la pizza en el mismo lugar, ¿no? ¿Y vos? Me imagino que no te bañaste como contra Austria, quiero creer”. O sea: las cábalas. Esa ilusión de control ante lo impredecible que signa nuestra existencia.