Con 20 gramos y un alto rango tonal, el ruiseñor macho alcanza un dominio que supera los cien tipos de estrofas diferentes. Sus composiciones artísticas incluyen variaciones de color únicas con notas agudas y profundos graves. Los silbidos acelerados pintan un in crescendo singular. Los ruiseñores no nacen sabiendo. El repertorio lo entretejen aprendiendo de los adultos en su entorno. En un mundo distópico se desarrollan cajitas musicales, especie de dispositivos avanzados que se colocan en los cuellos de los ruiseñores con la capacidad de crear himnos majestuosos prescindiendo de sus labores naturales en el plano de la defensa territorial y conquista de pareja. El subterfugio decadente al confinamiento de la automatización elimina toda esencia del ser vivo. La nueva tecnología coarta la libertad creativa alejando el plano del esfuerzo al reducto maquínico. Claramente podemos extrapolarlo a los seres humanos. El cónclave corporativo de Silicon Valley, epicentro mundial de tecnología e innovación gestado en el podio del oráculo de la inteligencia artificial (IA) se hizo de voluntades enteras a nivel individuo, sociedad y, lo que es más gravoso, gobierno.
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