“Cuando decías que habías nacido en una casa, tenías ya todos los defectos y virtudes de esa casa. No tenías personalidad propia”. La voz de María Victoria Broto abre el documental Cuatro casas con una afirmación que descoloca al espectador contemporáneo. A su lado, Severino Pallaruelo confirma la idea: bastaba pronunciar el nombre de una casa para que cualquiera supiera quién eras, cómo te comportabas o si se podía confiar en ti.
En apenas unos minutos, el documental dirigido por Jesús Bosque deja claro que no va a hablar de arquitectura ni de patrimonio construido. Va a hablar de una institución que fue la forma de organización social que sostuvo durante más de quinientos años la vida en el Pirineo y que, con su desaparición, se ha llevado consigo una forma de entender la comunidad, la familia y la identidad.
La propuesta podría parecer un ejercicio de nostalgia sobre el mundo rural. Sin embargo, Cuatro casas toma otro camino. A partir de la historia familiar de María Victoria Broto y Severino Pallaruelo, el documental reconstruye el papel de la casa como eje de la sociedad tradicional pirenaica y plantea una mirada crítica sobre un sistema que garantizaba la supervivencia colectiva, pero que también limitaba la libertad individual. No están contando la vida de cuatro edificios. Están hablando de un mundo entero que desapareció hace apenas unas décadas.







