La prestigiosa escritora argentina Selva Almada, en ‘Una casa sola’, arriesga con una novela densa y audaz: muestra la evolución de una familia de campesinos a través de la mirada del hogar donde habitan
La escritora argentina Selva Almada decidió asumir un enorme riesgo: darle la voz y la perspectiva narrativa de su novela a un objeto inanimado. Una casa, específicamente. Una casa que ve, siente, recuerda, dice lo que oye, pero que, anclada a sus cimientos como casa al fin y al cabo que es, no ve más allá de lo que su mirada consigue alcanzar. No obstante, al parecer inconforme con ese desafío...
narrativo, la novelista se plantea otro reto: colocar la morada en un paraje rural en el que solo la rodea la maleza de un bosque por donde corre —a veces casi ni corre— un arroyo, con lo cual sus referencias quedan aun más limitadas. Y si lo anterior ya parecía suficientemente complejo, Selva Almada da un paso más allá y se empeña en un verdadero experimento lingüístico pues para armar su relato recurre a un lenguaje cargado de localismos, en su caso argentinismos de la norma del habla popular de Corrientes, la provincia del norte del país colindante con Paraguay. En dos palabras, el fin del mundo… la tierra literaria de muchos relatos de Horacio Quiroga.






