Personajes solos y que se saben solos, inmersos en una niebla callada de tedio y fatalidad, pueblan los cuentos del nuevo libro de la escritora onubense
En el texto de contraportada, los editores de Random House utilizan, entre otras, la palabra “aislamiento” para definir la naturaleza de los nueve cuentos que nos entrega Elvira Navarro (Huelva, 1978) en
tm="">La sangre está cayendo al patio. Bueno, las contraportadas no siempre aciertan (de hecho, no siempre buscan acertar, si por tal cosa entendemos decir la verdad), pero esta sí: entre el aislamiento y la soledad se mueven los personajes de un libro opresivo, que muestra la vida contemporánea como un fenómeno amortiguado y desasistido. Y si al lector todo esto le suena muy lúgubre, así debe ser: Navarro es una escritora que no está para bromas, modas o concesiones.
Tanto es así, que La sangre está cayendo al patio es un libro bastante impermeable tanto a las tendencias literarias que han sido centrales durante el último lustro (cuerpo, deseo) como a alguna que se intuye emergente (pienso en la relectura de lo místico). Es decir, claro que hay cuerpo y deseos, puesto que hay relatos y también protagonistas que los encarnan, pero las inquietudes de Navarro funcionan de un modo particular, muy reconocible, directamente conectado con el que sigue siendo su mejor (y, sobre todo, más importante) libro, La trabajadora (2014). Así, estas historias transcurren en escenarios todavía vigentes en nuestra realidad socioeconómica, pero que hace una década o década y media, en la época post-crisis, eran un lugar común de la narrativa española, mientras que ahora han pasado a segundo plano: urbanizaciones vacías a medio construir, espacios urbanos liminares, casas inacabadas, obras… Yo diría que esto es deliberado y lúcido por parte de la autora, como señalando que algo quedó congelado en el tiempo por aquel entonces, que seguimos viviendo en ese desierto posterior a una fiesta mentirosa, aunque la conversación pública inevitablemente haya ido desplazándose o mutando.






