En sus estudios sobre la democracia, el polit�logo Giovanni Sartori ha demostrado que la competencia pol�tica, en democracia, puede adoptar dos modalidades diferentes. En el primer caso, la competencia es, como la define Sartori, �centr�peta�, es decir, las distintas fuerzas pol�ticas, independientemente de su ubicaci�n, se esfuerzan por converger hacia el centro, por conquistar al electorado de centro. Un esp�ritu de moderaci�n, de escasa conflictividad ideol�gica (salvo por la presencia de alguna franja extremista irrelevante), impregna la democracia y garantiza su estabilidad. En el segundo caso, la competencia es, por el contrario, �centr�fuga�: sectores importantes del electorado huyen del centro, los extremistas de derecha e izquierda ven c�mo aumenta su apoyo, y el enfrentamiento ideol�gico es encarnizado. Si no existen otras condiciones que anulen sus efectos (como, por ejemplo, un contexto internacional estable), la competencia centr�fuga, en casos extremos, puede conducir al colapso de la democracia.En las principales democracias europeas actuales, las fuerzas centr�fugas son muy fuertes. Lo son en Gran Breta�a y en Alemania, pa�ses en los que la competencia centr�fuga es una novedad. Al igual que en Francia, donde las fuerzas centr�fugas nunca han sido tan poderosas desde el nacimiento (en 1958) de la Quinta Rep�blica. Es cierto, para nosotros, los italianos, no es ninguna novedad: la competencia centr�fuga (el encendido enfrentamiento ideol�gico) ha acompa�ado la historia de la democracia italiana, salvo en breves etapas, desde 1948 hasta hoy. Pero las condiciones internacionales, la s�lida red de protecci�n que representa la alianza occidental, nos han salvado, hasta la fecha, siempre.�C�mo es posible que, al mismo tiempo, todas las principales democracias europeas se vean asaltadas por extremismos que amenazan su estabilidad? Las causas son muchas. Una de ellas tiene que ver con el impacto de los fen�menos migratorios.Otra, quiz�s la m�s relevante, hay que buscarla en las relaciones entre Estados Unidos y Europa. Estados Unidos est� contribuyendo a la desestabilizaci�n de las democracias europeas de dos maneras: una directa y otra indirecta (y la segunda es la m�s importante). La forma directa tiene que ver con el hecho de que, si un extremista ocupa la Casa Blanca, su impacto en Europa es inmediato y devastador. Las agresiones verbales de Trump contra Meloni —las �ltimas de una larga serie de insultos a antiguos aliados—, fruto de la voluntad expl�cita del presidente estadounidense de desgastar los antiguos lazos euroatl�nticos, son solo la gota que colma el vaso: desde el momento en que se instal� en la Casa Blanca, Trump no ha perdido ocasi�n de avivar el fuego, de fomentar un extremismo europeo que �l no ha creado, pero que incentiva con el fin de desestabilizar las democracias europeas.Sin embargo, lo que m�s cuenta no es Trump ni lo que �l quiera o no quiera. Lo que m�s cuenta es lo que hay detr�s del trumpismo. Es el declive relativo del poder estadounidense -un fen�meno que va m�s all� de Trump- lo que desgasta las relaciones euroatl�nticas y, en consecuencia, desestabiliza las democracias europeas. Es importante tenerlo presente porque, incluso despu�s de Trump, las relaciones euroatl�nticas, aunque quiz� sin las tensiones visibles de hoy, dif�cilmente volver�n a ser las de anta�o. La alianza no desaparecer� —o al menos eso se espera: es necesaria tanto para los europeos como para los estadounidenses—, pero dif�cilmente volver� a ser en el futuro el c�lido manto que protegi� a Europa hasta hace poco.La estabilidad de las democracias europeas ha dependido, desde el final de la Segunda Guerra Mundial en adelante, de la solidez de las relaciones euroatl�nticas. �C�mo devolver la estabilidad a nuestras democracias en las nuevas circunstancias? Hay que tener en cuenta que el debilitamiento del liderazgo estadounidense ha abierto la puerta a las incursiones de otras potencias en Europa.Los rusos se esfuerzan mucho por avivar, en los pa�ses europeos, extremismos que, en su mayor�a, son prorrusos y que act�an para empujar a Europa a los brazos de la Federaci�n Rusa. Tampoco hay que perder de vista ciertas triangulaciones: por ejemplo, a los rusos les interesa que aumente la hostilidad europea hacia Israel. Aparte de Estados Unidos, Israel es el �nico pa�s capaz de proporcionar a los europeos valiosos sistemas de armamento, �tiles para la defensa. Algo que, obviamente, no les hace ninguna gracia a los rusos.M�s all� de la ret�rica europe�staNo se puede ocultar el hecho de que, por muy mal que est�n las dem�s democracias europeas, Italia est� a�n peor. En Italia, las presiones extremistas se combinan con un sistema de gobierno inadecuado, en el que la capacidad de gobernar (es decir, la capacidad de afrontar los retos a medida que surgen) se ve muy mermada debido a la fuerza de innumerables poderes de veto. Tal y como ha documentado Peppino Calderisi en un magn�fico libro (Storia di una riforma mai nata), el hecho de que, desde la Comisi�n Bozzi de los a�os 80 en adelante, hayan fracasado todos los intentos de convertir a la democracia italiana en una democracia gobernante, nos deja indefensos, sin un escudo adecuado, ante las nuevas y muy peligrosas condiciones internacionales.M�s all� de la ret�rica europe�sta (a menudo vac�a, previsible y, en ocasiones, incluso molesta), la raz�n por la que nos conviene apostar por Europa, por la integraci�n europea, es sencilla: la estabilidad de las democracias requiere su integraci�n en un marco internacional estable. Si ya no es Estados Unidos quien lo proporciona, la �nica alternativa disponible, o potencialmente disponible, es Europa. Se trata de evitar que el gato se muerda la cola, es decir, que las fuerzas centr�fugas que act�an en nuestras democracias acaben siendo tan fuertes que anulen los esfuerzos a favor de la integraci�n europea. No hay otra balsa salvavidas.Angelo Panebianco es profesor titular de Ciencias Pol�ticas en la Universidad de Bolonia, donde imparte clases de Geopol�tica y Relaciones Internacionale. El art�culo fue publicado originalmente en Corriere della Sera