Bajad las armasEl Museo del Prado recupera 'El a�o del hambre en Madrid', de Jos� Aparicio, para recordarnos la volubilidad del gusto, pero tambi�n la vigencia del canon cuando el arte no termina bastardeado por la pol�ticaVisitantes ante 'El a�o del hambre en Madrid', en el Museo del Prado.Actualizado Viernes,
julio
22:55Audio generado con IAEn el invierno de 1811 los madrile�os matan o mueren por un mendrugo de pan. La ciudad ha sido ocupada por el ej�rcito franc�s y rige Espa�a un monarca odiado por extranjero. Las v�as de suministro est�n cegadas. Desabastecidos los mercados, secas las tabernas, controladas las tahonas por el invasor, el pueblo se muere literalmente de hambre. De los 150.000 habitantes con que contaba la capital, se calcula que aquella hambruna mat� a 25.000. Eso es casi dos de cada diez madrile�os. En aquel Madrid solo com�an los franceses o los traidores que aceptaban su pan. Porque es sabido que el espa�ol manda en su hambre, y si no lo acredita la historia se imprimir� la leyenda. O se pintar� un cuadro.El hombre encargado de hacerlo se llama Jos� Aparicio y ni pas� hambre ni vio pasarla a sus compatriotas, porque aquel a�o se encontraba en Roma. Fuera de Espa�a se empap� de la est�tica neocl�sica que Jacques-Louis David hab�a puesto al servicio propagand�stico de la Revoluci�n, primero, y de Napole�n, despu�s. La pintura davidiana barri� los �ltimos arabescos del barroco con su trazo geom�trico, su idealismo pagano y su programa pol�tico: la historia avanza encarnada en los pueblos convenientemente acaudillados. El parto de la naci�n moderna ocurre ante un espejo trucado: busca el aval de una iconograf�a heroica.No es la menor paradoja de nuestra historia que debamos al �ltimo rey feudal la instituci�n ilustrada m�s incalculable de Espa�a. En 1819, deseoso de vestir de magnanimidad la restauraci�n del absolutismo -mientras los liberales de C�diz eran perseguidos sin misericordia-, Fernando VII abre a sus s�bditos las puertas del Museo del Prado. El cuadro elegido para estrenar la pinacoteca se titula El a�o del hambre en Madrid. Aparicio lo ha pintado al nuevo estilo, muy alejado del tradicionalismo plebeyo del tal Goya, doblemente denostado por afrancesado y por espa�ol. Tendr�an que llegar los liberales al poder medio siglo despu�s para que el oscuro genio de Fuendetodos empezara a ser t�midamente rehabilitado como pintor.El lienzo es enorme, enf�tico, inequ�voco. Su autor no conoce el arte de la sugerencia, porque la propaganda detesta la ambig�edad. La escena presenta a un pu�ado de espa�oles melodram�ticamente hambrientos -del ni�o al abuelo, de la mujer al marido- que pese a todo rechazan el pan que les ofrece un atildado oficial franc�s. Antes muertos que salvados por la caridad de los invasores. Espa�a y yo somos as�, monsieur. Suj�tame, Mar�a, que yo a este gabacho lo reviento aunque sea lo �ltimo que haga, parece murmurar un manolo patilludo.Aparicio, absolutista confeso, demostr� m�s talento en la elecci�n del tema que en su ejecuci�n. Pint� el cuadro solo seis a�os despu�s de la hambruna. Pero a la luz del feliz desenlace, el recuerdo del sacrificio agiganta la gesta nacional: Espa�a entera ansiaba recrearse en la imagen de una independencia ganada a tan alto coste. Para completar la maniobra propagand�stica que conecta el hero�smo popular con la legitimidad del soberano, el pintor cuelga una cartela de la esquina superior derecha: �Nada sin Fernando�. Ni siquiera el pan.No solo fue el cuadro que justific� la apertura del museo. Durante medio siglo fue tambi�n su principal atracci�n. El pueblo acud�a a extasiarse ante la idealizaci�n de su propio honor, siempre afirmado frente a un enemigo externo. La prensa le dedicaba ditirambos que hoy nos averg�enzan, porque reconocemos en ellos el peso de la ideolog�a y no la autonom�a del arte. Por eso lo recupera El Prado: para recordarnos la volubilidad del gusto, pero tambi�n la vigencia del canon cuando el arte no termina bastardeado por la pol�tica. Por eso muere Aparicio y vive Goya. Y por eso quiz� no debamos asegurar hoy el valor que los espa�oles conceder�n a cierta obra maestra de Picasso dentro de dos siglos.En el enjundioso libro que acompa�a la muestra, Celia Guilarte apunta una genealog�a pol�tica de El Prado jalonada por cuatro cuadros paradigm�ticos: El 3 de mayo de Goya, El a�o del hambre en Madrid, el Fusilamiento de Torrijos de Gisbert y el Guernica (que Picasso concibi� para El Prado). Cuatro obras para cuatro tesis: el pacifismo, el absolutismo, el liberalismo y el antifascismo. En el segundo de ellos la tesis pol�tica termin� por devorar cualquier virtud art�stica. De ah� que haya envejecido peor que ning�n otro, a pesar de que en su d�a fue tasado en 60.000 reales, por los 8.000 de La carga de los mamelucos.No solo de pan vive el madrile�o







