Hace tantos años que hablamos de los peligros de la sobreexplotación de los recursos naturales del planeta, que nuestra capacidad de fabular se ha adaptado al pesimismo. Si imaginamos el futuro —y en esto la literatura y el cine postapocalíptico tiene gran parte de responsabilidad— siempre lo hacemos desde el peor escenario posible: coches que se persiguen por desiertos infinitos, ciudades destrozadas, naciones enfrentadas por controlar los escasos recursos naturales… ¿Pero y si no fuera así?

Hay que aceptar que el 70% de la superficie terrestre ya está al límite de su capacidad para producir alimentos de forma sostenible. Y si tenemos en cuenta que para el año 2050 seremos unos 9.700 millones de personas conviviendo en la Tierra, tal vez lo primero que debemos pensar sobre esos futuros es: “¿Qué vamos a comer?”

La respuesta podría estar en el 70% del planeta que solemos ignorar: el agua. Aunque vivimos en un planeta azul, solo obtenemos de los mares y ríos el 5% de los alimentos de nuestras dietas. Durante mucho tiempo hemos confiado exclusivamente en la pesca convencional como actividad que nos ofrecía esa vía de alimentación, sin embargo, la pesca alcanzó su máximo productivo hace ya 30 años. Los complejos mecanismos de equilibrio y las cuotas que protegen la biodiversidad son necesarias para no agotar los mares, pero significan que la pesca, por sí sola, ya no puede dar de comer pescado a una población que no deja de crecer.