Almagro andaba inquieto y eléctrico ante uno de los estrenos más esperados desde hace años. La directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, Laila Ripoll, dirigía un espectáculo por primera vez desde que fue nombrada hace dos años. Ripoll se la jugaba y lo hacía con todo un reto: El Caballero de Olmedo, una de las obras más conocidas y difíciles de Lope de Vega.
Se abrió la noche en la Plaza de Almagro con un espectáculo producido por el propio festival. La propuesta giró en torno a la baraja de cartas pintada a mano que se encontró en 1950 en una posada de la Plaza de Almagro. Una baraja que dio la pista de que bajo la posada estaba enterrado el que es hoy el centro neurálgico del festival y del teatro áureo, el Corral de Comedias.
Malabares, telas aéreas, acrobacias y contorsiones abrieron esta edición en una invitación al juego que el público supo agradecer y siguió pese a que en esos momentos jugaba España su partido en el Mundial de fútbol. Una 49 edición en que la imagen del festival, creada por Judit Canela, recrea de manera colorida y contemporánea aquella baraja que acabó siendo brújula.
Ya con la noche cerrada todos los ojos se centraron en el Hospital de San Juan, sede al aire libre de la Compañía Nacional en Almagro. Un inmenso telón rojo de tul se dejaba cimbrear por el viento. No quiere ser poética esta frase, sino señalar uno de los vectores principales de esta propuesta, en las que esas inmensas gasas juegan un papel fundamental.












