Sara Correia (Lisboa, 33 años) nació en un barrio de gente que necesita varios trabajos para tirar. Su abuela Rosa madrugaba para limpiar las instalaciones de la televisión pública portuguesa y luego cocinaba en un restaurante. Entre una cosa y otra hacía la comida para sus nietos y a veces telefoneaba al armador del barco para reclamar el dinero de su marido, un pescador que pasaba meses sin pisar tierra. El padre de Sara se fue de casa cuando ella tenía diez años, y su hermano, seis. Se instaló en Brasil y vivió como si no hubiera dejado dos hijos en Lisboa. Nunca envió afecto ni dinero. La madre se enganchó al pluriempleo y la hija transformó la pena en rebelión. Ahí, en ese barrio llamado Chelas, que carga con los prejuicios de la pobreza, creció, entre guerreras y ausentes, el último fenómeno de la música portuguesa. La abuela. Antes de cantar y firmar autógrafos sobre camisetas de Cristiano Ronaldo en Corea del Sur, Sara Correia fue una niña audaz que pescaba pulpos con su abuelo durante tardes inmortales de verano en la playa de la Cruz Quebrada. El resto del año vivían en Chelas, donde sus abuelos maternos se instalaron tras la revolución que acabó con medio siglo de dictadura. En abril de 1974 Rosa Vieira Fernández Correia, embarazada y con dos hijas, convenció a su marido para abandonar la chabola por la que pagaban 150 escudos y ocupar un piso vacío en un edificio construido por el Ayuntamiento en una zona entonces en expansión cerca del aeropuerto. “No tenía ventanas ni nada. Ponía un cobertor como puerta y dormía dentro con mis hijas”, recuerda Rosa Vieira muchos años después. En aquel país que se estaba irguiendo con tanta buena voluntad como improvisación todos arroparon la okupación de casas públicas por los desheredados del dictador Salazar. A la abuela de la artista no le importaron las carencias de su nueva vivienda. Una contrariedad menor comparada con las adversidades que había acumulado hasta entonces: vivir sin zapatos, no ir a la escuela y palizas del padrastro. “Hasta los 19 años trabajé en el campo. No le deseo mal a mi padrastro, Dios le dé descanso, porque la vida era muy difícil y dura, pero llevé muchos golpes suyos. No había verano ni invierno. Era siempre trabajar, trabajar. Una profesora le pidió que me enviara al colegio y solo me dejó ir 15 días. Lloré mucho al dejarlo porque quería aprender”. A avó Rosa, que tiene 82 años y seis hijos, no muestra ningún resentimiento hacia quienes podría. Entre emocionada y resuelta, habla de su vida en la misma mesa donde poco antes su nieta habló de la suya. Conociendo a Rosa se entiende el fuego de Sara.El club. A los nueve años Sara Correia tocó a la puerta del Club de Amigos del Fado, un local de Chelas donde daban clases y actuaba a veces su tía Joana. Dijo que quería cantar. Armando Tavares, el fundador, la mandó de vuelta con su madre, pero enseguida se convirtió en su Pigmalión, una mezcla de profesor, mánager y más. “Fue mi verdadero padre, le echo mucho de menos. Él ayudó a hacer la persona que soy hoy”, elogia la fadista sentada en el lugar donde todo empezó. Esta tarde ventosa de primavera Sara Correia bromea con otros miembros del club. Una charla relajada sobre kilos de más y vacaciones, propia de quienes se han visto crecer. Las paredes del local, fundado en 2002, son un archivo. Entre las decenas de fotos, se ve una de la artista adolescente, poco después de ganar Grande Noite do Fado con 13 años. “Ella es la que más lejos ha llegado y eso es lo que nos motiva a seguir. No hacemos esto por dinero, sino por afición”, afirma el presidente, Carlos Fonseca, mientras asienten Joaquim Silva y Augusto Oliveira. El fadista Nelson Lemos, que hace años recorrió las casas lisboetas con Sara Correia, observa: “Hoy los artistas más apreciados por el público son los más auténticos, que no esconden las raíces. Y Sara es así. Siempre habla de Armando, del club y de Chelas”.El pasado marzo, durante el concierto más grandioso que ha dado en Portugal (MEO Arena: 20.000 espectadores, el pabellón más grande del país), Sara Correia homenajeó a Tavares, fallecido en 2022. Antes de salir al escenario, la cantante y Diogo Clemente, músico y productor de sus cuatro discos, se miraron y se dijeron: “Nadie creyó que llegaríamos aquí”. Solo ellos dos y, antes, Armando Tavares.El barrio. Uno puede perderse en cualquier parte, pero Sara Correia cree que en lugares como Chelas, donde convive la gente que madruga con la gente que trapichea, es más fácil dejarse ir. “Y yo era muy rebelde. Con 15 y 16 años, cuando creemos que sabemos todo de la vida y no sabemos nada, yo miro atrás…”. Frena y avanza: “Esto también lo abordé en terapia. Es como si estuviese muy enfadada con la vida, me victimizaba un poco e iba contra las personas que más quería”. Desafiaba a la madre faltando al colegio, pero jamás plantaba una cita con el fado. Aquella escuela de cantar a todas horas, en tranvías o casas de fado, y aquella vida de barrio silvestre le han dado el desparpajo con el que hoy se impone en el escenario o vacila a David Broncano en La revuelta.A los 17 años se emancipó y se instaló en la Alfama, que en el siglo XIX hervía de fadistas canallas y en el XXI de turistas a la caza de Airbnb. A los 25 grabó lo que considera su primer álbum (no computa el que hizo a los 14 años tras ganar el concurso), con Universal, su discográfica desde entonces. Llevaba de título su nombre, pero no era del todo ella. Y esa historia de empoderamiento tiene una relatora excepcional: Carolina Deslandes, talentosa música que compone casi en trance. Puede improvisar una canción en el tiempo que tarda en cruzar los 17 kilómetros del puente Vasco de Gama sobre el Tajo, recuerda con admiración su exmarido Diogo Clemente.“Todos los que habíamos nacido en los noventa en Portugal queríamos ser americanos, yo pensaba que no tenía raíces, era muy alternativa y me fui a Londres”, recuerda Carolina Deslandes. Un año le bastó para saber que las raíces existían aunque rodeadas de misterio. No sabía nada de música tradicional ni de poesía portuguesa. Regresó e hizo un máster intensivo recorriendo casas de fado y librerías. Dejó de escribir en inglés y comenzó a componer en portugués. En Lisboa todos le hablaban de una miúda llamada Sara Correia, la mejor de su generación. La conoció en la calle, vestida como un rapero, y eso le pareció buena señal. La escuchó cantar y concluyó que aquella mujer solo podía subir, subir, subir. Se hicieron amigas. Y tras un largo día de playa, Sara Correia le confió sus angustias. Deslandes las revive: “La estaban asfixiando con las presiones de la discográfica para controlar lo que vestía, cambiar el color del pelo o aligerar el lápiz de ojos. En el primer disco quisieron transformarla en una señora. Ella se dio cuenta de que no podía ni quería renunciar a su identidad. Lo encontré muy poderoso”. De la fermentación de aquella confidencia nació una canción que es una radiografía sentimental de Sara Correia. “La escribí del tirón, no cambié una sola palabra, lo único que hice fue poner la conversación a rimar y enviársela a Sara, que no me la había pedido pero que adoró la canción desde el principio. ‘Chelas’ fue el tránsito de la Sara fadista a la Sara pop”.Empieza así: “Dizem: Sara, tem cuidado com o que dizes. / Lava a cara, tu não mostras de onde vens. / Põe vestidos e esconde as tuas raízes. / Finge lá que és senhora, tu finges bem”. Esta tarde primaveral en el club de fado dice Sara: “Nací y crecí aquí, es la historia de mi vida. Hay cosas a las que no tuve derecho y he tenido que aprender, pero yo no tengo que cambiar para agradar a los demás y ‘Chelas’ habla exactamente de eso. Tienes que ser más comedida, pero ¿cómo hago eso?, ¿cómo cambio algo que es intrínseco?, ¿cómo se cambia mi raíz? Yo no puedo llegar y cortarla, yo puedo pulirme pero nunca dejaré de ser de barrio”. La canción es ahora un himno para todas las periferias que luchan contra algún estigma. Se incluyó en el tercer álbum, Liberdade. No solo era el single de presentación, era una patada a los prejuicios, un corte de mangas (con perdón) a todos los que le habían dicho cosas como esta: “Tienes demasiado barrio en el pelo”. El éxito. Cuando se independizó a los 17 años, ya actuaba a diario. Se calmó. Durante tres lustros se fajó cada noche en casas de fado donde se canta casi al oído del público. “Comencé a mirar la vida con más respeto”, evoca. En aquel camino se alió con Diogo Clemente: “Creyó en mí cuando las personas no lo hacían”. Su primera colaboración fue el citado disco de fado clásico, Sara Correia, lanzado en 2018. Dos años después salió Do coraçao, que entró en la carrera de los Grammy Latinos. A partir de ahí ocurrieron dos cosas que la popularizaron. Primero su voz entró en todas las casas de la mano de la canción de la serie Quero É Viver. Después entró su imagen, como jurado del concurso de talentos The Voice Portugal. Y en 2023, con una fama que desbordaba los círculos del fado, llegó el álbum Liberdade, que incluía el torpedo pop de ‘Chelas’ e incursiones heterogéneas que iban del hip hop a Zeca Afonso. Una fadista abriendo ventanas.“Durante mucho tiempo”, evoca Diogo Clemente, “fui el único que creyó en ella debido a esos estereotipos sobre la fadista, que tiene que ser recatada y controlar la visceralidad. Son estereotipos que proceden de una mirada machista y patriarcal”. En un hotel de Madrid cercano al Teatro Real, donde en junio se celebró el Festival de Fado en el que participó la artista, concluye: “Sara llevaba tenis y estaba lejos de aquel estereotipo, pero eso no le restaba ni un gramo a su canto”. Clemente es uno de los productores más reverenciados en Portugal, artífice de discos de éxito para Carminho o Mariza, artistas que compara con “caballos salvajes”. “Son fuerzas de la naturaleza, como Sara, que es el ejemplo máximo de una fuerza indomable con un talento y una delicadeza estratosféricos”, destaca. En ella, además, se refleja. Ambos crecieron en los márgenes. Los taxis se negaban a entrar en el barrio de Diogo Clemente, y con eso ya está dicho todo. “Yo crecí en un barrio-favela de Lisboa. Una canción como ‘Chelas’ reivindica la vida, la libertad de ser quien eres, y tiene una función social”, defiende.Sara Correia parece cómoda con las banderas. En su nuevo disco, Tempestades, solo hay letras de mujeres como la fadista Aldina Duarte, la poeta Sophia de Mello Breyner Andresen o la combativa cantautora A Garota Não. Una de ellas, ‘Canto’, escrita por Carolina Deslandes, está dedicada a las víctimas de la violencia de género. “Las artistas podemos hablar por estas mujeres escondidas, sin voz y con miedo. Yo no tengo miedo de hablar por ellas, hay cada vez más violencia hacia las mujeres, entre los jóvenes veo un ciclo retrógrado”, lamenta la fadista, que este año despliega su gira más ambiciosa, con 87 conciertos (23 fuera de Portugal, incluido el que abrirá el Festival Internacional de Música Popular y Tradicional en Vilanova i la Geltrú el 11 de julio). En el exterior ha vivido magias distintas. Una ocurrió en Seúl, cuando sintió que representaba a Portugal al firmar camisetas de CR7; la otra ante los presos de la cárcel más antigua de Roma. “El fado”, afirma Sara Correia, “es algo más que cantar. Hay personas que tienen grandes voces pero sin alma. El fado sale de algún sitio del cuerpo y por eso es tan internacional. Yo no olvido a los presidiarios de Roma llorando mientras cantaba. No entendían la letra pero sabían lo que expresaba”. El ritual sobre el escenario le da sentido a casi todo, pero no lo es todo. De la mano del éxito llega a veces la melancolía. “Tras ese momento de gran energía que da un concierto, llega la soledad. Tengo saudades de mi familia, mi novio. Muchos artistas entran en depresiones porque no tienen espacio para una vida normal. Cuanto más arriba estás, menos confías porque es fácil creer en las personas equivocadas. Entiendo lo que les pasó a artistas como Amy Winehouse. Yo conservo dos o tres amigos de la infancia, fui perdiendo gente porque las frecuencias ya no eran las mismas. Pero aun siendo un camino difícil y muy solitario, tuve mucha suerte. No me victimizo por el pasado”. El abandono del padre es ahora una cicatriz. Su hija ni le comprendió ni le perdonó durante años. “Mi madre fue una gran mujer que hizo de todo para no perdernos, incluido tener tres trabajos a la vez. Pero me ayudó a resistir y ver la vida de cierta forma. Yo no veo la vida como un mar de rosas. Da mucho trabajo vivir”. Sara Correia cree que podría haber descarrilado en ese tiempo en que todos se buscan y pocos se encuentran. De adulta, la terapia la ayudó a lidiar con el trauma, pero su bienhechora fue la música. “El fado fue mi salvación, por eso digo que es mi fe y mi religión. A veces podría haberme ido con amigos y no lo hacía porque me iba a cantar, donde me juntaba con gente mayor que me aconsejaba tener cabeza. Fue eso lo que me salvó. Si no, no estaría aquí hablando contigo”. —¿Se imagina cómo habría sido su vida sin fado? —Alguna vez lo imagino y no me gusta. Estoy muy agradecida por lo que tengo.