Resume e infórmame rápidoEscucha este artículoAudio generado con IA de Google0:00/0:00En la antesala de la celebración de los 250 años de la independencia de Estados Unidos, Washington D. C. vive una mezcla de amargura y opresión. “Es muy triste”, me dijo una amiga que nació en un suburbio de la capital. “Toda la vida para nosotros el 4 de julio teníamos la ilusión de bajar al centro para ver los fuegos artificiales. Recuerdo cómo me impresionó de pequeña la celebración de los 200 años. Fue hermosa, espectacular. Esta vez no quiero saber nada del tema. Me alegra que voy a estar ese día en California, al otro lado del país”. Washington es una ciudad demócrata, y el presidente republicano Donald Trump le ha puesto la bota encima para recordarle quién manda allí. Por ejemplo, colgó enormes pendientes con su rotro, como un dictador, en las fachadas del Departamento de Justicia y el Departamento de Trabajo, y mandó militarizar las calles desde el año pasado. “Siento que la ciudad está invadida”, me dijo un conocido que ha vivido la mayor parte de su vida en D. C. refiriéndose, además de los soldados de la Guardia Nacional, a los turistas de los estados de mayorías republicanas, que vienen a ver las celebraciones del 4 de julio y que se pasean por las calles con parafernalia política, como gorras de Make America Great Again y camisetas con el rostro de Trump. Unas incluso tienen imágenes de su cabeza ensangrentada levantando el puño, de cuando le hicieron el atentado en Pennsylvania, con las palabras: “FIGHT! FIGHT! FIGHT!”. La celebración América 250 de Donald Trump es una oda a la división partidaria y a la zozobra política que vive el país a causa de esta presidencia. El epicentro de las celebraciones es La Gran Feria Estatal Americana. Inspirada en las tradicionales ferias estatales. Expone los cincuenta estados del país y sus seis territorios habitados en el descomunal pastal de 125 hectáreas del Mall, bordeado por el Capitolio, el Obelisco, la Casa Blanca y los museos del Smithsonian. La periferia de la Gran Feria parece una mezcla de base militar y escena de tiroteo. El martes, en una de las entradas, vi un vehículo militar con ocho soldados vigilando, cuatro camionetas de policía con las luces encendidas y una ambulancia donde montaban a alguien que probablemente había sufrido un ataque de calor. Es asfixiante. El miércoles entré. Estaba desolada. Imitaciones de edificios blancos neoclásicos enmarcaban los pastales vacíos. Algunos se estaban descascarando, por lo que comprobé que estaban hechos de icopor recubierto de yeso. Uno de ellos representa el Arco del Triunfo que Trump quiere construir en su honra. Por el calor, el arco de yeso ya tiene una grieta de la que sale espuma amarilla. Al fondo, en una enorme tarima, terminó de tocar una banda de rock evangélico y salió un maestro de ceremonias: “Demos gracias a Dios Nuestro Señor que hizo a América libre para que pudiéramos alabar a Jesucristo. En muchos lugares del mundo la gente no es libre y no puede alabar a Jesucristo”, anunciaba ante un público de no más de 30 personas. Ese día los pabellones resaltaban la innovación, los valores y la fe. El pabellón de innovación estaba sobre todo dedicado a empresas afectas al proyecto trumpista, como SpaceX —que tenía un puesto de exposición más grande que el de NASA—, y su propia red social, Truth Social. En la mitad del pabellón sobre valores, había una exposición del artista Scott LoBaido, que se conoce por hacer cuadros de banderas de Estados Unidos, casi todos iguales, y numerosos retratos de Donald Trump, a quien admira. El pabellón de la fe estaba dedicado a una sola, la cristiana, y tenía puestos de evangélicos en contra del aborto, promoviendo el matrimonio y la familia, y un puesto con libros. La mayoría eran de temas religiosos, pero uno titulado Virus fantasma, del pastor evangélico Rodney Howard-Browne, decía que el COVID-19 fue una conspiración para expandir el control gubernamental y destruir la economía. El contenido de los 56 pequeños pabellones dedicados a los estados y los territorios era menos político, aunque hace unos días debieron quitar del de Carolina del Norte una bandera de los confederados, que lucharon la guerra civil para separarse de los Estados Unidos y mantener la práctica del esclavismo. Casi la totalidad de los asistentes a la Gran Feria eran blancos anglosajones. Conté cuatro familias afroamericanas, cuatro latinas y tres asiáticas. Ahora, buena parte de la diversidad étnica estaba amontonada en la Zona de Fans de FIFA, al extremo oriental del Mall, donde había una gran pantalla con el partido Bélgica-Senegal, unas 50 mesas de picnic llenas, una canchita de microfutbol con niños jugando, y un pastal donde la gente veía el partido.Ese miércoles, más que la América trumpista, lo que unía a la gente del Mall era el fútbol. Threads: @santiagovillachConoce más