Alberto Núñez Feijóo ha decidido deslizarse por la pendiente del delirio conspirativo adoptando la quincalla retórica de Santiago Abascal. La mercancía averiada del pucherazo, antaño patrimonio exclusivo del rincón más montaraz de la extrema derecha, identifica ahora el discurso del candidato de la sensatez. La insólita pirueta presupone una rendición incondicional ante el populismo más ramplón. Quien se postulaba como el garante de la normalidad institucional prefiere abonar el peaje de la sospecha permanente, entregando la dignidad de las siglas tradicionales a cambio de un aplauso efímero en las tertulias más encendidas. Sostiene la dirección popular que los manejos gubernamentales pretenden hurtar catorce actas parlamentarias mediante la manipulación del sufragio de la diáspora. Se habla de 2,6 millones de votantes alienígenas. Y se previene de una perversión electoral que pone en ridículo la posición del PP cuando el líder promovía en ultramar la doctrina solidaria de Fraga. Apenas ha transcurrido un trienio desde que el propio Feijóo acudió a Buenos Aires mendigando el apoyo de la colectividad española en Argentina. Aquel peregrinaje sintonizaba con la arraigada sensibilidad de la migración gallega, una epopeya histórica que merece respeto y atención constante. El líder popular ensalzaba entonces la vinculación emocional de los descendientes y reclamaba su participación activa en el destino de la nación. TE PUEDE INTERESAR La paradoja adquiere una dimensión trágica cuando el mismo dirigente que solicitaba aquella complicidad transatlántica siembra hoy dudas ponzoñosas sobre la limpieza del recuento y sobre la misión de los cónsules. El sufragio que en campaña constituía un derecho sagrado deviene ahora en sospecha de fraude según sople el viento de la conveniencia demoscópica. Suscitar la sospecha de un amaño en las urnas representa una temeridad que daña los cimientos del edificio democrático. El recelo ante los apetitos de Pedro Sánchez resulta plenamente comprensible. Sobran motivos para vigilar a un presidente caracterizado por su indisimulado afán de someter la Fiscalía General y de colonizar los tribunales. La voracidad institucional del sanchismo constituye una amenaza real que exige una oposición vigilante y rigurosa. Sin embargo, combatir el cesarismo gubernamental mediante la importación de las tácticas trumpistas supone una negligencia imperdonable, por mucho que complazca el calentón de los medios de comunicación afines. La caricatura que reduce la nacionalización de la diáspora a la burda consigna de "un pasaporte, un voto" cautivo para la izquierda merece un desprecio intelectual absoluto. Los españoles residentes fuera de nuestras fronteras no conforman una masa gregaria manipulable por decreto gubernamental, menos todavía cuando en los comicios de 2023 apenas se pronunció el 10% de los facultados. Las elecciones se ganan convenciendo a los ciudadanos, no impugnando el censo antes de que se abran las urnas. De hecho, la sintonía discursiva entre Génova y Bambú, premonitoria del acuerdo andaluz, empieza a manifestarse con una nitidez sobrecogedora. El Partido Popular rima de manera preocupante con Vox en la formulación de la prioridad nacional. Ambas formaciones entonan la misma melodía hostil cuando abordan el drama de los menores extranjeros no acompañados. Coinciden en su rechazo tajante a la regularización extraordinaria de inmigrantes, asumiendo un marco conceptual que degrada la convivencia. La asimilación ideológica difumina las fronteras de la derecha moderada hasta volver a ambas fuerzas prácticamente indistinguibles. El intento de competir en la trinchera de la identidad y de la xenofobia constituye un suicidio político para la marca tradicional. El votante prefiere siempre la autenticidad del original a la timidez de la copia descafeinada. Feijóo parece creer que la conquista del poder exige la renuncia a sus principios fundacionales y la sumisión a la agenda de sus socios de coalición. TE PUEDE INTERESAR Ningún regalo complace tanto a Pedro Sánchez como contemplar la radicalización de su oponente. El inquilino de la Moncloa necesita justificar su azarosa política de alianzas y los escándalos de corrupción mediante la agitación del espantajo reaccionario. Cada concesión de Feijóo al imaginario de Vox convalida el relato oficial sobre la amenaza de la extrema derecha. El sanchismo se nutre de este escenario polarizado donde la moderación queda sepultada bajo los gritos de la trinchera. Mientras el Partido Popular continúe validando las teorías de la conspiración y suscribiendo la doctrina del rechazo al extranjero, el presidente socialista mantendrá expedito el camino para presentarse como el único dique de contención democrática. La orfandad de los electores templados adquiere proporciones dramáticas ante el espectáculo. Quienes esperaban del dirigente gallego una alternativa solvente asisten con amargura a su desmoronamiento intelectual. Gobernar una nación compleja exige rigor y un respeto escrupuloso a los procedimientos institucionales. Sustituir el proyecto de país por la paranoia del fraude exterior descalifica al Partido Popular para asumir la dirección del Estado. El camino emprendido por Feijóo no conduce a la Moncloa, sino a la perpetuación del sanchismo y a la degradación de nuestra convivencia política. La moderación no era un disfraz de campaña, sino el requisito indispensable para construir una alternativa estable. Alberto Núñez Feijóo ha decidido deslizarse por la pendiente del delirio conspirativo adoptando la quincalla retórica de Santiago Abascal. La mercancía averiada del pucherazo, antaño patrimonio exclusivo del rincón más montaraz de la extrema derecha, identifica ahora el discurso del candidato de la sensatez.
El populismo irresponsable de Núñez Feijóo
La adhesión al pucherazo y a la doctrina xenófoba de Vox desfiguran las obligaciones de un líder moderado y sirven de combustible al porvenir del sanchismo








