Ahora que la ciencia dispone de más herramientas que nunca para combatir la malaria, una de las enfermedades infecciosas más letales del mundo y responsable de 600.000 muertes al año, “no es el momento de reducir el apoyo a los países”, afirma de forma contundente el médico ruandés Daniel Ngamije, director de los programas de malaria y enfermedades tropicales desatendidas de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Exministro de Salud de Ruanda entre 2020 y 2022, Ngamije, que acaba de participar en Madrid en la Conferencia de Salud Global organizada por la Fundación Mundo Sano, alerta sobre los impactos de los recortes en la ayuda oficial al desarrollo, especialmente tras el cierre de USAID, la agencia estadounidense que durante décadas fue uno de los principales financiadores de la salud global. Llegan, lamenta, en un momento especialmente delicado para una enfermedad que sigue golpeando sobre todo a los niños menores de cinco años y a las mujeres embarazadas en África subsahariana. “Si los países no pueden mantener la cobertura de las intervenciones esenciales para prevenir, diagnosticar y tratar la malaria, habrá más casos y más muertes”, sostiene.Pregunta. Los recortes en ayuda internacional están afectando a los programas de salud en muchos países. ¿Qué impacto están teniendo en la lucha contra la malaria?Respuesta. Están afectando drásticamente a nuestra capacidad para apoyar a los países y a la de los propios Estados para responder adecuadamente a la malaria. Incluso antes de los recortes recientes los programas ya estaban insuficientemente financiados.P. ¿De qué magnitud estamos hablando?R. Durante los últimos años se cubrieron menos del 50% de las necesidades globales para malaria. Los países afectados necesitan alrededor de 8.500 millones de dólares (7.407 millones de euros) al año, pero los recursos movilizados apenas representaban cerca del 40% de esa cifra. Además, dos tercios de la financiación procedían de ayuda externa y un tercio de los propios países. Estados Unidos contribuía de forma muy significativa dentro de esa financiación internacional. Con unas reposiciones del Fondo Mundial y Gavi (Alianza para las Vacunas) inferiores a lo previsto, algunos países recibirán entre un 10% y un 30% menos de financiación que en el ciclo anterior.P. ¿Qué significa esta reducción sobre el terreno?R. La principal preocupación es que los países no puedan mantener la cobertura de las intervenciones de prevención, diagnóstico y tratamiento. Si disminuye esa cobertura, aumentarán los casos y las muertes. En 2024 contabilizamos 282 millones de casos y más de 600.000 fallecimientos, la mayoría en menores de cinco años y mujeres embarazadas en África, un ligero incremento con respecto a 2023. Diez países concentran más del 70% de toda la carga mundial: Nigeria, República Democrática del Congo, Uganda, Etiopía, Mozambique, Tanzania, Malí, Níger, Costa de Marfil y Burkina Faso.Si los países no pueden mantener la cobertura de las intervenciones esenciales, habrá más casos y más muertesP. ¿Los datos de 2025 pueden ser aún peores?R. Todavía no los tenemos porque se publicarán a finales de este año, pero el crecimiento de la población, los fenómenos meteorológicos extremos y los desplazamientos provocados por la inseguridad hacen que más personas estén expuestas a las picaduras de mosquitos que transmiten la enfermedad. Es posible que observemos cifras similares o incluso algo superiores.P. ¿El mundo corre el riesgo de perder parte de los avances logrados en las últimas décadas?R. Si los países no pueden mantener la cobertura de las intervenciones esenciales para prevenir, diagnosticar y tratar la malaria, habrá más casos y más muertes. Hay motivos de preocupación. Los mayores progresos se registraron entre 2000 y 2015. Sin embargo, entre 2015 y 2024 hemos observado un estancamiento en la reducción de casos y muertes. Las razones son múltiples: amenazas biológicas como la resistencia a insecticidas y a algunos tratamientos antipalúdicos, la insuficiente financiación, sistemas sanitarios frágiles o el cambio climático. Pese a todo, hay buenas noticias.P. ¿Cuáles son esas buenas noticias?R. Disponemos de nuevas herramientas. Se están distribuyendo mosquiteras tratadas con insecticidas de nueva generación, incluidos modelos con doble ingrediente activo. También contamos con nuevos tratamientos para responder a la resistencia de los parásitos. Además, hay medicamentos en desarrollo que no están basados en la artemisinina, que se utiliza desde hace más de 20 años en algunos países. Eso significa que en los próximos años podríamos disponer de nuevas opciones terapéuticas. También estamos viendo que algunos países endémicos están incrementando sus presupuestos nacionales para malaria. Son conscientes de que, si quieren mantener la cobertura actual, deben aumentar su contribución.P. Las vacunas han sido una de las últimas grandes novedades en la lucha contra la malaria. ¿Qué resultados están observando?R. La vacuna ha demostrado un impacto significativo. Actualmente se utiliza en 25 países. Entre los niños vacunados se ha observado una reducción del 13% de la mortalidad infantil en comparación con quienes solo recibieron intervenciones convencionales. También se ha registrado una disminución de hasta el 22% en los ingresos hospitalarios. Pero es una herramienta más dentro de un conjunto de intervenciones que incluye mosquiteras tratadas con insecticidas, quimioprevención, diagnóstico y tratamiento. Además, esperamos que los costes disminuyan en los próximos años, lo que facilitará su incorporación por parte de más países. Por eso, si las nuevas herramientas no llegan a quienes las necesitan por falta de financiación, también corremos el riesgo de desincentivar la investigación. Hemos esperado más de 50 años para disponer de vacunas contra la malaria y ahora contamos con dos.P. En un momento de crisis múltiples, ¿qué mensaje transmite a gobiernos y donantes para que sigan apostando por la malaria?Este no es el momento de reducir el apoyo a los paísesR. Que el impacto global de la malaria sigue siendo enorme. Tiene consecuencias muy importantes en términos de mortalidad y morbilidad, pero también en productividad. Piense en una familia con cinco o seis hijos, donde cada niño puede sufrir una media de dos episodios de malaria al año: la familia tendrá que afrontar un gasto directo en atención sanitaria, lo que en muchos casos provoca el empobrecimiento de esa familia. Además, los niños se ven obligados a faltar a la escuela. Pero, además, cuando la malaria no está controlada, los sistemas sanitarios terminan desbordados. P. ¿Por qué?R. Porque en muchos países entre el 60% y el 70% de las consultas son por fiebre, uno de los principales síntomas de la malaria. Si los profesionales sanitarios dedican la mayor parte de su tiempo a atender esos casos, disponen de menos capacidad para tratar otras enfermedades. Por eso seguir invirtiendo en malaria también fortalece los sistemas de salud, pero tiene un retorno que va mucho más allá: tiene efectos sobre la educación, la productividad y el desarrollo económico. Este no es el momento de reducir el apoyo a los países.P. Usted dirige también el programa de enfermedades tropicales desatendidas. Pese a los avances, ¿siguen haciendo honor a su nombre?R. Hemos logrado avances importantes. Cada vez más países priorizan estas enfermedades y aumentan sus inversiones. También contamos con una hoja de ruta muy clara y con un compromiso político creciente. Pero todavía existe una importante brecha de financiación. No vamos a cambiarles el nombre. Seguirán llamándose enfermedades tropicales desatendidas hasta que ganemos esta batalla.