Es difícil enfrentar la página en blanco cuando debemos abordar un tema penoso y triste: la eliminación bochornosa de Ecuador en el Mundial 2026. No me cuento entre los ilusos que se tragaron la mentira made in Beccacece de que íbamos a ser campeones, ni entre quienes creyeron la de los exfutbolistas que, para ganarse una invitación, pronosticaron que estábamos para ser finalistas.Tampoco me sumo a la de los ‘analistas tácticos’, especie microbiana que ha plagado micrófonos y pantallas, y que va royendo la verdad a dentelladas mínimas, pero diarias, hasta terminar derribando el buen juicio de los aficionados.Lo que ocurrió a este columnista, y a muchos de los que gustan del fútbol en nuestro país, es que el triunfo ante Alemania nos hizo pensar que algo interesante podía pasar ante México. La realidad nos pinta hoy que fue solo un espejismo en una sufrida travesía desértica.Los aztecas nos hicieron ver que el ansiado oasis no existía y que Alemania era, en este Mundial, un gigante carcomido en su base, como lo mostró ante un Paraguay encerrado en su área que lo sorprendió en un contragolpe y le marcó un gol.Luego, la tropa guaraní evitó varios tantos y falló algunos propios para, finalmente, mandarlo de regreso con su carga de vergüenza: cedió sus ajados pergaminos ante Ecuador y Paraguay.A lo de Alemania le dimos una connotación épica rayana en la exageración. Vencimos a un cuádruple campeón del mundo, sí, pero elevamos esa victoria a un altar como si hubiera sido la final de un torneo ecuménico. Fue solo una reacción actitudinal de un equipo que estaba al borde de alinearse entre los peores 16 del mundo, es decir, entre los que debían volverse a casa en la primera ronda.Nunca voy a dejar de sentirme orgulloso de lo que logramos ese día, pero veníamos de caer ante Costa de Marfil y de empatar con Curazao, una islita al sur del mar Caribe con 150.000 habitantes. El 2-1 ante los teutones nos sirvió para ser terceros en el grupo y, con las justas, clasificar entre los ocho mejores terceros. Había una diferencia abismal entre la venta de la mentira de que íbamos a ser campeones mundiales, de que se descontaba nuestro pase a la final o de que, entre los más pesimistas y descreídos, disputaríamos la semifinal.¿Cómo nuestra afición pudo tragarse estas ruedas de molino? ¿A quién responsabilizar por la difusión de tanta mentira? Es claro que la FEF programó este truco engañoso con el fin de complacer a sus promotores en la feria de mercadotecnia. ¿Cómo vender tanta falsedad? Los avisos pagados no surten tanto efecto como el comentario periodístico con visos de verdad. Y para eso sirvieron los ‘analistas tácticos’ y los ‘periodistas’ al servicio de la FEF puertas afuera.Ellos fraguaron esas falsedades aberrantes de “la generación dorada”, “la mejor selección de la historia”, “la mejor defensa del mundo”, “el mejor número 5 del planeta” y otras supercherías de feria pueblerina.Retrocedo a mi época juvenil en el barrio de La Victoria y sus alrededores. En primer lugar, recuerdo a un personaje pícaro, siempre sonriente, al que llamaban Borrachito. No sé el origen del apodo porque jamás lo vi ebrio. Al contrario, estaba siempre en sus cabales porque su negocio era engañar al prójimo con “joyas” de supuesto oro, las que, al tercer día, pintaban de negro el cuello o los dedos de la víctima. Vivía del cuento y es el lejano antecedente de algunos periodistas de hoy que presentaron a la Selección como un grupo de oro y resultó de latón.Por esos mismos días, en el Parque de la Victoria, en la esquina de Ballén y Pedro Moncayo, instalaba sus bártulos un tipo alto, con un sombrero de paño y un maletín. Hablantín, no paraba de referirse a las enfermedades comunes como la sarna, el “pica-pica”, el sarpullido, los calambres, los dolores reumáticos y la migraña. Venía entonces lo mejor: del maletín sacaba una culebra de la que se hacía morder la mano, con sangrado y todo. “¿Hay que buscar un médico?”, preguntaba este personaje al público. Todos respondían afirmativamente. “¡No!”, decía él; para eso valía una pomada que se llamaba San Guillermo. Se untaba la pomada y la sangre desaparecía. Guillermo, Flechita Negra, se llamaba el cuentero. Desde los micrófonos, años después, tendría centenares de sucesores.México nos bailó con música distinta a la que sirvió para que también lo hicieran Costa de Marfil y Curazao. Esta vez fue con mariachi y tequila. Desde el pitazo inicial nos atropelló el Tren Maya sin que atináramos a resistir. Nos desnudaron en plena cancha y nos mostraron que estábamos hechos de mentiras y de ilusiones; que, como dijo algún exfutbolista mexicano, no existíamos.Lo tomamos como un insulto, pero se nos cayó el disfraz y lo que supusimos que era un agravio, resultó ser la verdad. De esta ominosa aventura nos quedan, para quienes no tenemos compromisos comerciales y para la afición sensata, varias verdades que ocultó el periodismo tarifado: 1.- No es esta Selección, que se rindió sin luchar, la mejor de la historia. Muy superior fue la de 2006. Tampoco olvidamos a la de 1965, que fue despojada del cupo para el Mundial de Inglaterra.2.- No existe ninguna generación dorada porque estos jugadores no han ganado nada. Salieron con vergüenza de dos Copas América y dos Copas del Mundo. 3.- No tenemos la mejor defensa del mundo si nos vemos obligados a improvisar marcadores de punta. Willian Pacho y Piero Hincapié tuvieron un mal Mundial 2026: les dieron un baile en tres de los cuatro partidos. 4.- Moisés Caicedo no es el mejor 5 del mundo. Es un jugador discreto; vaya usted a saber por qué misteriosas razones pagaron cifras astronómicas por su pase. No es inteligente: todos sus pases son laterales ineficientes o hacia atrás. No acompaña, no gambetea, no tiene creatividad y carece de gol. Cobra mal los tiros de esquina y desperdicia todos los tiros libres. No tiene carácter para ser un líder, y menos un capitán. 5.- La Selección es una vitrina para intereses comerciales. ¿Una muestra?: la convocatoria de Kendry Páez y su inclusión en los últimos minutos para tratar —con el argumento de que jugó un Mundial— de colocarlo en algún club de Chipre o de Bolivia. No da para más.La ilusión es la mercancía más cara y rentable en el Ecuador, y sus mejores vendedores usan audífonos de radio y cuentas en redes sociales. Durante meses, una ola de supuestos ‘analistas tácticos’ bombardeó las pantallas con una narrativa perversa: hacer creer que nuestra Selección estaba para ser campeona del mundo. Diseñaron una utopía táctica infalible en las redes y en la televisión para justificar el negocio de los de siempre. Nos convencieron de que la nuestra era una zaga imbatible y de que contábamos con un mediocampo de ensueño. Al final, el Mundial 2026 desnudó la mentira de la forma más dolorosa. El fútbol ecuatoriano volvió a casa con las manos vacías, pero con los bolsillos de los mercaderes y de sus cómplices de la comunicación rebosantes de dinero. (O)
Ricardo Vasconcellos Rosado: La generación dorada era una trampa de mercadeo: es de plomo | Deportes |
El Mundial desnudó estas mentiras: el 'Niño Moi' no tiene calidad ni carácter, no éramos candidatos y no existe la mejor zaga del planeta.








