El mismo coro periodístico que el domingo inflaba el globo de una presunta “generación dorada”, adornándola con adjetivos hiperbólicos —“la mejor defensa del mundo”, “estamos para ganar la Copa”—, hoy deambula presuroso por los pasillos de la justificación, buscando algún remedio que explique el naufragio ante Costa de Marfil en Filadelfia.Apelan, con ligereza, a la superstición: que si la estatua de Rocky Balboa atrajo el infortunio o que si el balón caprichoso prefirió estrellarse tres veces en los postes. Son los que hablan de la mala fortuna y de maleficios para eludir, con calculada amnesia, el análisis estrictamente técnico. Son los profetas del enrevesado lenguaje táctico, impostores de la comunicación y agentes patógenos de ese engaño sistemático que se consume en las redes sociales. PublicidadCosta de Marfil venció con la legitimidad que otorga el orden colectivo. Ecuador, en contraste, fue apenas un arrejuntado de voluntades: un tejido sin costuras, carente de una línea de conducción armónica y huérfano de ese líder natural capaz de recibir el balón en territorio propio para dictar el ritmo de la propuesta.Esa es la cruda fisonomía de lo que atestiguamos el domingo, una constante que arrastramos desde Gustavo Alfaro, pasando por Sánchez Bas, hasta confluir hoy en Sebastián Beccacece, quien nada ha aportado para corregir el andar cansino y patojo del equipo. La Selección se ha transformado en un frío producto de vitrina. Los manuales del mercadeo —rigurosos en su ambición— exigen instalar la marca, pregonar virtudes (reales o ficticias) y espolear la demanda para elevar el precio.PublicidadPublicidadEse mismo manual, útil para posicionar un aceite vegetal o un rollo de papel higiénico, se aplica aquí con la complicidad de un periodismo dócil, adicto a la pauta, que edifica la ilusión de un manjar inexistente para el consumo de la masa. Quienes desde la trinchera impresa o digital nos resistimos a formar parte de la manada, quienes preferimos ejercer la soberanía de la crítica independiente, somos estigmatizados como “antipatriotas” o señalados como enemigos jurados del combinado patrio, bajo el amago constante de la censura judicial.Esta segregación moral no es nueva; se incubó en el seno de la propia FIFA a instancias de dirigentes deseosos de acallar la disidencia. Al arrebatarle al organismo matriz la gestión directa de las acreditaciones para entregar tal facultad a las federaciones locales, se consagró el clientelismo: el acceso al palco de prensa se convirtió en una dádiva presidencial.La primera víctima egregia de este perjuicio inmoral fue Mauro Velásquez Villacís, cuya recta e insobornable trayectoria permanece en la memoria: Luis Chiriboga Acosta lo despojó del derecho de informar en la Copa del Mundo de 2002. Aquella nefasta herencia sigue plenamente vigente.El paso en falso en Filadelfia compromete seriamente el porvenir en el Mundial. El inicio insinuó cierto brío, al punto de que Enner Valencia quedó en absoluta soledad frente a la valla marfileña y resolvió mal lo que debió ser la apertura del marcador.Siguieron los impactos de Minda y Yeboah en el travesaño, mezcla de fatalidad e imperfección técnica. Allí expiró el libreto nacional.PublicidadAquella etiqueta de “la mejor zaga del planeta” se destiñó por completo. Sería una necedad negar las condiciones internacionales de William Pacho y Piero Hincapié, únicos futbolistas de real jerarquía, pero resulta imperativo señalar que naufragaron ante la inventiva y la velocidad del ataque africano.Dos salidas defectuosas de Pacho sembraron el desconcierto, mientras que Hincapié vivió una auténtica pesadilla en el flanco izquierdo, incapaz de contener el desborde de la joven figura Yan Diomandé, ya fuera en los duelos individuales o cuando este recibía el auxilio de Konan y Singo.Por esa banda se gestó el centro que Diallo tradujo en el gol de la victoria. No fueron los únicos damnificados: Allan Franco y Joel Ordóñez padecieron idéntico calvario ante Elye Wahi, quien penetró en el área ecuatoriana a su antojo.¿Cuál fue el origen de semejante colapso defensivo? No hay que buscar misterios metafísicos: la zaga quedó desprotegida por un mediocampo que carece de brújula y capacidad de contención.La monumental maquinaria propagandística que sostiene a Moisés Caicedo —vital para que no se desplome su estrafalaria cotización en el mercado europeo— nos obliga a contemplar a un futbolista supuestamente superior. La realidad desmiente el mito.Resulta exasperante observar su insistencia en el pase retrasado, su renuncia sistemática a la aventura del ataque. Su aporte se limita a la interrupción esporádica: un corte estéril del que jamás nace una jugada con vocación ofensiva.Hoy el mediocentro de contención ha dejado de ser un mero destructor; hoy se le demanda ser el arquitecto del primer pase, el encargado de incrustarse entre los centrales para ofrecer una salida limpia desde la base.Un auténtico ‘5’ debe poseer la visión necesaria para quebrar la presión enemiga con trazos largos y precisos hacia los costados o hacia los volantes creativos. Caicedo carece de ese registro; es un futbolista de traslado lateral e intrascendente, a pesar de las las desmesuradas de sus feligreses.El resto del elenco es mero tropel. Minda y Yeboah aportan generosidad física, pero escasa lucidez. Gonzalo Plata reincide en su vieja conducta: pirotecnia estéril y apenas un remate rescatable en más de cien minutos de juego.De Beccacece está casi todo dicho. Representa esa mediocridad mansa que las altas esferas de la Federación buscan con ahínco —tal como lo hicieron con Alfaro y Sánchez Bas—: docilidad y obediencia al libreto empresarial.Cuando advirtió que su retaguardia era desbordada por la velocidad rival, intentó un manotazo de ahogado al restablecer la línea de cinco defensores, pero el remedio agravó la enfermedad. Sus variantes desnudaron la alarmante escasez del banquillo y su propia limitación para ofrecer soluciones tácticas de emergencia.En las escaramuzas del post partido, un contumaz y compungido heraldo de la propaganda oficialista, ataviado con la indumentaria de la Selección, clamaba ante los micrófonos: “Es una injusticia; Ecuador mereció ganar porque posee una generación dorada en la élite mundial”.Reconozco al personaje, autor de célebres dislates que delatan su precaria escolaridad. El concepto de “generación dorada” es uno de los mayores timbres de honor en el deporte, pero hoy se dispensa con ligereza. Una era de oro exige la feliz coincidencia de un grupo de atletas dotados de un talento extraordinario e inusual para su entorno.La historia no se escribe con intenciones ni con el estéril “jugar bien”; se esculpe con títulos, trofeos y medallas doradas. A veces les es esquivo el campeonato, pero su legado permanece como un hito imborrable, tal como la Hungría de Puskás o la Holanda de Cruyff.Esta hornada de futbolistas nuestros no ha levantado un solo trofeo. Su palmarés se reduce a dos clasificaciones mundialistas, incluyendo el reciente paso por Qatar, donde nos marchamos con más pena que gloria.El calendario obliga ahora a golear a Curazao —empresa que desde ya advierto que no será un trámite— para luego intentar resistir los embates de Alemania. Eso es lo que nos queda: la cruda realidad despojada de sus ropajes de propaganda. (O)