Invertir tiempo y esfuerzos en la propagación de un bulo no es una tarea condenada al fracaso en política. Quizá no sea infalible, pero puede servir para atar a tu núcleo duro de votantes a una realidad alternativa en la que has sufrido una injusticia o alertar de otra que puede ocurrir. Movilizar a tu base es una de las cosas que más interesan a los partidos. Convencerles de que el rival es capaz de lo peor siempre es una estratagema útil.

En 2021, un 60% de los votantes de Donald Trump creía a su líder por denunciar un supuesto fraude electoral en las elecciones del año anterior que habían dado la victoria a Joe Biden. Nunca se presentaron pruebas convincentes de ese engaño. Los republicanos presentaron 62 demandas en los tribunales y prácticamente todas fueron rechazadas por los jueces o retiradas por los demandantes. Cinco años después, ese porcentaje no ha cambiado mucho. Incluso ha subido. Un 63% de los votantes republicanos sigue creyendo que hubo un fraude, según una encuesta de Ipsos para Reuters. Entre todos los votantes, solo un 31% opina lo mismo –un porcentaje similar al de 2021–, pero los republicanos no están dispuestos a rectificar.

El Partido Popular ha decidido que sembrar dudas sobre la limpieza de las elecciones –un elemento esencial en cualquier democracia que merezca ese nombre– es una táctica rentable. Lo ha hecho incluso en comicios autonómicos donde era el favorito y finalmente fue el partido más votado. Confía en que sus votantes le acompañen hasta el final con estos prejuicios.