No hay sonido que irrite más a unos oídos en busca de paz que un balón golpeando la persiana de un local de forma reiterada. Una, dos, tres, cuatro… dejo de contar cuando llego a 20. El hijo de mi vecino chuta la pelota con una energía digna de un futbolista de Primera. No es una zona de paso, así que no hay gafas al alcance que puedan romperse ni camareros que deban sortear el esférico. Nunca está más de una hora. Los vecinos de la ronda Sant Antoni no corren la misma suerte.
En el 2019, el Ayuntamiento de Barcelona, bajo el mandato de Ada Colau, levantó la prohibición de jugar a pelota en la vía pública. “Queremos abrir la ciudad al juego de los niños y dejar de criminalizarlo tal y como se ha venido haciendo hasta ahora”, defendió la entonces teniente de alcalde de Urbanismo, Janet Sanz. Con el cambio de normativa y la pacificación de la ronda Sant Antoni, los reyes del balón han reclamado su trono.
Los vecinos describieron el terror al periodista de La Vanguardia Luis Benvenuty: “Se han apropiado del espacio”, “superan los 80 decibelios”, “algunas personas se están medicando para dormir”, “los niños encima te desafían y se cachondean de ti”... Con todo, los afectados atribuyen el conflicto a la falta de espacios donde los más pequeños —y los que no lo son tanto— puedan jugar. El Ayuntamiento está al corriente y trata de buscar zonas alternativas donde chutar el balón no suponga un malestar para los demás. Las soluciones, de momento, no llegan.















