En diciembre de 2022, mientras se jugaba el Mundial en Qatar, en un canal de noticias en Argentina entrevistaron a los transeúntes en la 9 de Julio y Corrientes, pleno centro de Buenos Aires, por lo que era el único tema en la agenda de ese país: la colosal expectativa por la final entre la Albiceleste y Francia. En medio de los comentarios naturales sobre Lionel Messi, Kylian Mbappé y un triunfo que la mayoría de argentinos daba por descontado, sobresalió la respuesta que una venezolana residente en Chile ensayó ante la movilera de TV que la había consultado sin saber que se trataba de una turista. “Queríamos vivir el Mundial y con mi marido decidimos venir a Buenos Aires para estar acá en los últimos partidos”, dijo con el Obelisco de fondo, como si Argentina —el país, sus calles, sus plazas, su gente— se hubiese convertido en el estadio de fútbol más grande del mundo, y entonces contó su procedencia. Más allá de que la selección de su país —Venezuela— nunca participó en un Mundial y que la chilena esa vez no se había clasificado, fue toda una revelación cómo ella y su pareja identificaron a Buenos Aires como una sede posible para vivir una experiencia mundialista sin importarles que los jugadores estuviesen a más de 13.000 kilómetros de distancia: priorizaron lo social por sobre lo futbolístico. Está claro, también, que Qatar les resultaría una opción inviable, pero más allá de las cifras exorbitantes, había en cierta forma un Mundial bicéfalo, que se jugaba en Qatar y se vivía en Argentina.Cuatro años después, una analogía es tentadora: el Mundial 2026 se juega en Estados Unidos, Canadá y México, pero se vive en México, en sus tribunas y sus calles. Son dos experiencias que erizan la piel: la del privilegio extraordinario de ser testigos en los estadios –un Disney para adultos a cambio de precios muy caros, inaccesibles para la mayoría–, pero también la de ser parte, entremezclado con tu gente, de movilizaciones populares en las ciudades y los pueblos del país. 03:23México convierte el fútbol en fiesta nacionalAficionados mexicanos festejan en el Ángel de la Independencia.Foto: Emiliano Molina | Vídeo: EL PAÍS VIDEOSi el deporte es cada vez más exclusivo, los festejos urbanos en México también tienen la poética del regreso del fútbol a su lugar de origen, la calle, sin que los hinchas tengan que pagar nada a cambio, un pequeño resquicio frente a una industria que trata a los fanáticos cada vez más como consumidores, en especial la FIFA en los Mundiales. Los millones que salen de sus casas es la clase de hincha que a la FIFA no les suele interesar. El fútbol corre riesgo de perderse como un elemento más de la cadena del entretenimiento pero México redescubre las raíces del deporte: relaciones sociales, vínculos familiares, momentos con amigos, cultura popular. Lo que somos, no lo que nos ofrecen. El legado de este Mundial será transversal. Como si una central nuclear de fútbol hubiese detonado en México, un Chernóbil de euforia, millones salieron a la calle para impregnarse de esas partículas desperdigadas a cielo abierto luego de los tres partidos de la primera ronda, primero ante Sudáfrica, luego contra Corea del Sur y finalmente, por ahora, ante Chequia. Son tiempos en que las personas que no son especialmente aficionadas al fútbol se suman a estas multitudes enajenadas porque “no tienen que ver con el fútbol sino con la gente, con la calle”. Sin embargo, el fútbol suele ser eso: relaciones sociales. O, dicho de otro modo, irracionalidad, amor, vínculos. También, la suspensión del tiempo, un bloque arrancado al contexto de la vida. El poder afrodisíaco del fútbol -y la FIFA sabe cómo inyectar ese estado de dopamina cada cuatro años- es el estado de felicidad que genera en el delirio callejero con amigos o en la soledad fictica de la multitud compartida.El Mundial 2026 fluye por dentro de los mexicanos bajo el milagro de millones identificándose con once, la alquimia de un país que cabe dentro de un equipo, ese pellizco transversal entre jardines de infantes y geriátricos y los barrios más pudientes y los menos desarrollados. La Federación Mexicana de Fútbol debería cobrarle a la FIFA los festejos en las tribunas y en las calles por uso de marca registrada.
México y la poética del regreso del fútbol a su lugar de origen, la calle
Con los boletos a los estadios cada vez más inaccesibles, los festejos urbanos implican un resquicio frente a una industria que trata a los fanáticos cada vez más como consumidores












