Hace nada escuchaba a la cinesasta argentina Lucrecia Martel en el vídeo de una conferencia animando a su auditorio a imaginar. Les contaba que en los últimos tiempos ha recorrido el mundo entero. "La incertidumbre es planetaria", afirmaba, “la respuesta a eso va a ser la imaginación. Confíen en la imaginación”. Me parece una de las mejores, más atinadas recomendaciones que he oído en los últimos tiempos. Por cierto, la que menos se pone en práctica entre aquellas personas que gobiernan nuestros días (en sentido amplio), y las que podrían llegar a hacerlo.PublicidadUn día caí en la cuenta de que las mujeres (feministas) nos pasamos la vida respondiendo a las violencias machistas. Son tantas, tan constantes y omnipresentes, que una podría no hacer otra cosa día tras día, todo el rato. Entonces vino la siguiente evidencia: una puede decidir no responder, ni siquiera darse por enterada, y echarse a imaginar. De ahí, de ese imaginar, van surgiendo desde viviendas compartidas por mujeres en el campo hasta apps para marcar y localizar agresores; desde comunidades de sexo sin violencias (y creativo) hasta rutas para viajar sola con seguridad; desde herramientas para que la ciudadanía participe de la gestión de los fondos municipales hasta el movimiento testimonial al completo.Alucinarían los señores "de toda la vida" con los ingenios e inventos que han proliferado en los últimos años para facilitar la vida de las capas más vulnerables de la población, donde —oh, sorpresa— nos incluyo a nosotras, que somos más de la mitad, y también a las personas trans y las no binarias o la mayoría del colectivo LGTBIQ+. Es decir, que los señores "de toda la vida" alucinarían con la cantidad de herramientas que empezamos a tener para librarnos de ellos. Son las tecnologías, el mundo ya es otro, y las jerarquías se resquebrajan como hojaldre seco. No me refiero ahora a las jerarquías económicas, sino sobre todo al pensamiento.Hasta hace nada, eso que llamamos opinión pública —fue la base de esta democracia— existía de una manera sólida e inamovible. Estaba lo que existía, y lo que no. Estaban los progresistas y los conservadores; la gente de izquierdas y la de derechas; los rojos y los azules. Más atomizados o menos. Los medios de comunicación se ocupaban de que así sucediera, y nada fuera de los estrictos márgenes de la "normalidad" tenía cabida sin ser revisado con lupa y posteriormente ignorado. Cuando los medios de comunicación ignoraban la existencia de algo, ya lo he escrito por aquí, ese algo no existía. Ahora ese juguete se les ha roto.PublicidadHay dos respuestas posibles —hay más, pero por resumir—: el miedo o la imaginación; retroceder o avanzar. Es decir, lo que habitualmente habíamos llamado conservadores y progresistas. El temor a lo nuevo es propio de los conservadores, que no quieren que nada se mueva, no vaya a ser que pierdan algún privilegio en una curva. La imaginación era territorio de las izquierdas y los movimientos sociales, que de algún lugar tiene que rascar la clase obrera, y no será del bolsillo. Y digo "era" porque ya no lo veo.Tengo la desesperante sensación de que la parte izquierda de la política actual sufre algún tipo de parálisis creativa que le impide saltarse a la torera las viejas normas e imaginar otros mundos posibles. Pero imaginar de verdad, como la actual realidad salvaje merece, no con parchecitos suaves. Quizás escuece todavía mucho la escabechina —judicial, mediática y de todo tipo— que se hizo con Podemos y los movimientos de lo que se llamó “ayuntamientos del cambio” o “fuerzas del cambio”. Se trituró a toda aquella gente. Se les inventaron delitos que no habían cometido, faltas que no existieron, problemas sociales de antes de que nacieran… y a ellas, a las mujeres, con Irene Montero y Ada Colau a la cabeza, se las maltrató de una manera nunca antes vista.Creo que es tiempo ya de dejar de mirarse en las derechas y extremas derechas, dejar de gritar "que viene el lobo", porque el lobo está aquí. Limitarse a responder a las fuerzas ultras les impide, como en el caso de las violencias macho, imaginar. Sólo desde ahí, me temo, las izquierdas recuperarían lo que les falta: la ilusión de la gente. Como dijo Martel en su conferencia: "No desprecien la imaginación, no desprecien los sueños locos". Ojalá fuera posible.