Cada noche, desde la Tierra, la luna es un gran círculo brillante, generalmente blanco. Pero las imágenes captadas por las distintas misiones Apollo y por diversas sondas espaciales muestran una superficie gris oscuro, con algunas zonas más claras y otras casi negras. Algo poco atractivo y para nada romántico.Este parecido con un camino pavimentado tiene su explicación: una propiedad física denominada albedo, que mide la capacidad de una superficie para reflejar la luz. Mientras que la nieve fresca puede reflejar hasta el 90% de la luz solar, la luna apenas refleja entre el 10% y el 12%. Es decir, absorbe la mayor parte de la luz que recibe desde el sol.Entonces, comenzamos a preguntarnos por qué la vemos tan blanca y radiante. La respuesta está en nuestros propios ojos. El cerebro interpreta el brillo de forma relativa al comparar los objetos con su entorno inmediato. Así, cuando observamos la luna, la vemos sobre un fondo prácticamente negro que es el cielo nocturno. El contraste hace que una superficie relativamente oscura parezca extraordinariamente luminosa, afirma un artículo de Space Daily.Otra razón es que la luna está muy cerca de la Tierra, en términos astronómicos (unos 384.000 km. Por eso, aunque refleje poca luz, la enorme cantidad de radiación solar que recibe y su proximidad hacen que llegue a nuestros ojos una cantidad significativa de luz.Los expertos explican que la Luna llena alcanza una magnitud aparente cercana a -12,7, lo que la convierte en un objeto mucho más brillante que cualquier planeta visible desde la Tierra. Incluso Venus, conocido como el lucero, es aproximadamente 1.700 veces menos brillante que una luna llena.La atmósfera también influye. Si la luna aparece más alta en el cielo suele verse blanca o plateada porque su luz atraviesa una capa relativamente fina de la atmósfera. Sin embargo, cuando aparece cerca del horizonte puede adquirir tonos amarillos, anaranjados o rojizos.Este ocurre porque la atmósfera dispersa con mayor facilidad las longitudes de onda cortas, como el azul, dejando pasar principalmente los colores cálidos. Es el mismo efecto que producen los colores de los también románticos y nostálgicos amaneceres y atardeceres.Es más, la misión Artemis II reveló que la superficie de la luna presenta más colores que el blanco o el gris, debido a su composición mineral. Los expertos de la NASA llegaron a esta conclusión utilizando técnicas de procesamiento digital que ven más que el ojo humano.Uno de los minerales presentes en la superficie es el regolito, una mezcla de polvo y roca fragmentada. A simple vista, parece gris, pero en realidad contiene óxidos de hierro y titanio. Mientras el hierro aporta tonos anaranjados, el titanio va por el lado del azul.De esta manera, finalmente, para los científicos, la luna tiene una combinación de colores inimaginable para quienes la adoran desde la Tierra.