Sara GandolfiCorriere della Sera Catia la Mar (La Guaira)Actualizado Lunes,

junio

11:49Casi 96 horas despu�s del terremoto, los bomberos italianos implicados en las operaciones de rescate en Venezuela esperaban este domingo poder lograr un milagro. "Hay una mujer de treinta a�os viva en un edificio derrumbado en Macuto, aqu� en el estado de La Guaira. Responde a nuestras llamadas golpeando contra un tubo y antes ha intercambiado algunos mensajes por WhatsApp con su hermano. Est� consciente y dice que est� all� con dos de sus tres hijos", explica al Corriere Luca Cari, portavoz de los bomberos.Del balance diario de la muerte tambi�n emergen historias de vidas reencontradas. Los equipos de rescate han logrado extraer con vida a varios ni�os, entre ellos una reci�n nacida de pocos meses. Y este domingo por la tarde, casi cuatro d�as despu�s del se�smo, un hombre y su hijo adolescente fueron sacados de entre los escombros en Caraballeda.La historia m�s conmovedora es la de Santiago Gonz�lez, un reci�n nacido de pocos d�as, que el s�bado fue salvado por los equipos de b�squeda estadounidenses en Catia La Mar. Estaba junto a su madre, Diliana Torrealba. Est�n vivos gracias al gesto desesperado del padre, Yefferson, que les hizo de escudo.El �ltimo balance oficial del terremoto del pasado mi�rcoles es de 1.450 muertos y 3.150 heridos, 189 edificios derrumbados y 774 da�ados. Son cifras dram�ticamente subestimadas.Basta observar la hecatombe de casas en la "zona roja" al norte de Caracas, una serie de ciudades fantasma si no fuera por el tr�fico de voluntarios que, con enormes camiones o peque�as motocicletas, suben y bajan por las grandes avenidas cargados de agua, gasolina, bienes de primera necesidad y muchos escombros.En la avenida comercial de Atl�ntidas, en Catia La Mar, Eduardo Hern�ndez, de 28 a�os, golpea con el martillo de forma fren�tica contra esos bloques de piedra que no se quieren romper. "Est� saliendo un olor muy fuerte. Debemos darnos prisa. Con la ayuda de Dios los encontraremos", dice limpi�ndose las manos en la camiseta sucia y sudada. Una camiseta en la que pone "Futuro y esperanza".El olor a muerte sobre ese mont�n de escombros es muy fuerte. Y �l golpea y golpea todav�a, aunque sabe perfectamente que ya es demasiado tarde para sacar viva a aquella "familia de chinos que vive aqu� desde siempre", en un edificio de tres plantas, casa y tienda, que se ha arrugado como una vieja caja vac�a.En La Guaira, 20.000 personas no responden ya a la llamada, un estado de 120.000 habitantes que corre el riesgo de convertirse en un cementerio al aire libre, porque los escombros son much�simos y los rescates llegan con lentitud. "Por suerte est�n llegando los extranjeros", dice Juan Garc�a. "Hasta ahora aqu� hemos trabajado solo nosotros los habitantes, con los voluntarios, entre las casas destruidas", a�ade.Para saber m�sUsan palas viejas, martillos de alba�il, guantes de pintor. Cualquier cosa sirve para extraer los cuerpos atrapados. Los cad�veres est�n por todas partes, semiocultos por chapas o por lonas que no logran cubrir las piernas. Y la rabia crece tambi�n contra los (much�simos) militares que vigilan la "zona cero" de Venezuela, pero no frenan a los saqueadores y, sobre todo, no cogen las palas.En el complejo residencial Los Delfines, clase media que aqu� vive o veranea con vista al mar, los edificios de 15 a 20 pisos est�n todos destruidos. Keyra, de 15 a�os, est� agarrada con las dos manos a la verja del condominio La Riviera. "Espero a mi madre, que ha subido a recoger los documentos a casa", dice mientras la muestra con el dedo, arriba en el sexto piso."�Ves? Donde est� ese armario, la cama", concreta. Ninguna pared, nada protege ya la vida pasada de Keyra y de su madre. "No se ha salvado nada de mis quince a�os", explica apenada. Por suerte, tiene otro apartamento donde intentar olvidar.Pero basta cruzar la carretera de cuatro carriles para encontrarse con una realidad igualmente destrozada, pero completamente distinta en el plano social. Aqu� casi todos se han quedado. No tienen otros lugares donde ir y no quieren dejar las pocas cosas que poseen. Duermen sobre viejos colchones al aire libre, en medio del polvo que sube de la carretera y de las ruinas que los rodean. Comen juntos sobre las pocas mesas que todav�a tienen las patas.Y juntos lloran a la ni�a de 9 a�os que qued� aplastada bajo los tres pisos de su edificio, construido por el "gran Hugo Ch�vez", que dio nombre al asentamiento y que aqu� desde hace tiempo ya no consideran un h�roe.Luisa Ermes est� furiosa con el Estado que hoy no existe. "Estamos solos aqu�. Sabemos que la situaci�n es cr�tica en toda La Guaira, pero por aqu� solo han pasado algunos bomberos. Y necesitamos respuestas", dice la maestra de infantil de 44 a�os. "La �nica ayuda concreta hasta ahora nos ha llegado de los voluntarios", a�ade.Luisa y sus vecinos me llevan a ver sus humildes apartamentos destruidos, aunque el riesgo de derrumbe es evidente. El televisor en el suelo, la pared destruida, una multitud de trozos de vidrio haciendo de alfombra. "Ahora est�n los extranjeros y quiz� las cosas ir�n mejor", susurran. "Hablad de nosotros, haced saber al mundo que existimos", suplican.