Muchos de nosotros avanzamos por la vida con la idea de que llevamos el timón. Incluimos planes, metas y construimos el camino hacia donde queremos dirigirnos. Pero, de repente, ocurre algo inesperado y la ruta marcada cambia de rumbo. Los cambios son inevitables en la vida. Ya sea mudarnos de casa, empezar un nuevo trabajo o incluso tan solo modificar nuestros hábitos diarios, sea cual sea el motivo, este cambio suele generar incomodidad.
Nos sentimos cómodos siguiendo nuestras rutinas matutinas, yendo al mismo trabajo y realizando las tareas que conocemos bien, trabajando o socializando con personas que conocemos desde hace años, disfrutando de la misma afición gratificante y un sinfín de actividades más. En estas rutinas encontramos previsibilidad, una especie de sensación de control que nos hace sentir bien. Cualquier cosa que amenace estas rutinas nos desarma, pero ¿qué hace que los cambios nos provoquen muchas veces cierto vértigo y qué podemos hacer para revertir esta situación?
La resistencia del cerebro al cambio
“Nuestro cerebro es un poco ambiguo: por un lado, no le gusta mucho la incertidumbre porque puede ser un indicador de una situación de peligro; pero, por otro lado, premia la variedad porque facilita que nos podamos adaptar a diferentes situaciones. Esto, al final, está al servicio de la supervivencia”, explica Belén Hernández, psicóloga sanitaria y directora de Insight Psicología.








