¿Chocolate o vainilla? ¿En tren o en coche? ¿Jersey o chaqueta? Tomamos infinidad de decisiones a diario, incluso muchas veces sin dudarlo ni pensarlo dos veces, casi por instinto. Pero no todas son iguales: más allá de las decisiones más banales como las de la introducción, están las que nos cuestan, las que nos atormentan más y las que nos obligan a darle vueltas y más vueltas durante días. Quien más, quien menos, ha experimentado la frustración de sentirse incapaz de decantarse por una opción clara cuando la decisión puede tener consecuencias mayores.

Decidir un cambio de carrera o de trabajo o en una relación no es fácil. En cualquiera de ellas es normal estar sopesando todas las posibles consecuencias, algo que muchas veces nos hace sentir más inseguros que al principio. Pero, en la mayoría de los casos, lo que es difícil no es la decisión en sí, sino en cómo reaccionamos ante la incertidumbre. Comprender esto es el primer paso para tomarlas con mayor seguridad.

Por qué nos cuesta tomar decisiones

“En realidad, muchas veces no nos bloquea la decisión en sí, sino la incomodidad emocional que genera no saber qué ocurrirá después”, nos explica la psicóloga Selene Martínez. Nuestro cerebro está programado para buscar la previsibilidad y la seguridad. Por tanto, cuando nos enfrentamos a una decisión, especialmente una que puede afectar a nuestro futuro, intentamos anticipar todas las posibles consecuencias y surgen dudas como: ¿Y si elijo mal? ¿Y si me arrepiento después? ¿Es la mejor opción? Analizamos opciones para evitar errores, pero muchas veces buscamos una certeza que no existe.