La Tierra, como casi todo lo que está vivo, o como aquel ángel de Rilke, puede llegar a ser terrible. Los dos terremotos que asolaron Venezuela vuelven a situarnos ante un tipo de catástrofe en la que el dolor por las pérdidas humanas se multiplica por esa injusticia agravada que arrastra consigo lo incomprensible. Uno de los pocos recursos que tenemos ante el dolor es siempre buscar culpables, pero cuando es la naturaleza la que golpea, convulsionando como la espalda de un monstruo que se despereza, ni siquiera tenemos el consuelo de poder responsabilizar a nadie. Es cierto que el régimen bolivariano, eficaz a la hora de reprimir, torturar y perseguir, está demostrando una insoportable falta de capacidad para asistir a los afectados. Pero el origen de la tragedia, el epicentro del dolor, nos coloca de nuevo ante un desafío trágico imposible de comprender. La naturaleza golpea, con un ánimo ciego y con una violencia para la que el afán humano se vuelve inservible. Y cuando el sufrimiento, los fallecidos y los desaparecidos se cuentan por miles, las personas no saben hacia qué Dios rogar o contra qué Dios rebelarse.Nada en la historia es nuevo, y mucho menos este tipo de catástrofes. En 1755, el terremoto de Lisboa hizo añicos casi toda la ciudad y acabó con la vida de cerca de 50.000 personas. La cifra, aséptica y quirúrgica como ahora, olvida que cada uno de esos números representa a una persona con afectos, sueños, familia, miedos y alegrías. El paso del ser a la nada puede ser tan abrupto y súbito que resulta aterrador. La angustia de quienes levantan con sus propias manos los escombros es el más claro y desolador signo de la impotencia.En el siglo XVIII, las grandes pelucas empolvadas de aquel tiempo no solo se conmovieron, sino que se interrogaron aturdidas ante el mal inexplicable de la tragedia de Lisboa. Voltaire desconfió de la bondad de Dios y del mundo, mientras que Rousseau no dudó en imputar alguna responsabilidad también a los hombres. Más tarde, Kant apostaría por estudiar un fenómeno natural desde una ciencia estricta de la que, por desgracia, apenas cabría extraer ningún significado.Pasan los años y hasta los siglos y todo lo principal permanece inmóvil. Desde Lisboa hasta hoy aprendimos a construir edificios mejores, pusimos un pie en la Luna e incluso fuimos capaces de diseñar democracias funcionales para después destruirlas. Para nuestra desgracia, sin embargo, entonces como ahora, seguimos sin saber qué hacer con el dolor.
El golpe de la Tierra
Uno de nuestros escasos recursos ante el dolor es buscar culpables, pero cuando es la naturaleza la que azota ni siquiera tenemos el consuelo de poder responsabilizar a nadie












