Análisis Exclusivo suscriptores La incorporación del país a esta iniciativa abre la puerta a una cooperación binacional estrecha, en medio del deterioro del orden público.Donald Trump durante la cumbre 'Escudo de las Américas' Foto: AFPSUBEDITOR DE JUSTICA28.06.2026 23:01 Actualizado: 28.06.2026 23:01
Dos días después de ser elegido presidente de la República, Abelardo de la Espriella hizo uno de los anuncios más relevantes de su agenda de seguridad: “A partir del 7 de agosto, Colombia hará parte del Escudo de las Américas”. La decisión, presentada como una de las primeras medidas de su gobierno, marca un cambio frente a la política de los últimos años y anticipa el restablecimiento de una cooperación más estrecha con Estados Unidos en la lucha contra el narcotráfico, el terrorismo y las organizaciones criminales transnacionales.La iniciativa impulsada por Washington parte de un principio que hoy comparten varios gobiernos del continente: las estructuras criminales dejaron de ser un problema exclusivamente doméstico para convertirse en amenazas regionales que desbordan las fronteras. Por eso, el Escudo de las Américas plantea un esquema de cooperación basado en inteligencia, coordinación operativa e intercambio de capacidades militares y policiales, más que un tratado tradicional de defensa.Precisamente, esa característica es la que destaca Evan Ellis, profesor de investigación del Colegio de Guerra del Ejército de Estados Unidos. “Yo veo el Escudo de las Américas como una comunidad de voluntad. Quien quiera cooperar con los Estados Unidos para apoyar nuestras metas de seguridad en el hemisferio”. En su concepto, el anuncio del presidente electo representa “una declaración de querer colaborar de forma más estrecha”, dejando claro que no se trata de una estructura burocrática ni de un mecanismo que obligue a los países a actuar bajo una misma línea de mando.Donald Trump, junto a mandatarios latinoamericanos durante la cumbre "Escudo de las Américas". Foto:EFEEsa lectura coincide parcialmente con la del profesor César Niño, de la Universidad Militar Nueva Granada, quien considera que la adhesión de Colombia constituye uno de los primeros movimientos de política exterior del nuevo gobierno y refleja un mayor alineamiento con la estrategia de Washington frente al crimen organizado. Sin embargo, advierte que esa cooperación no será únicamente declarativa. A su juicio, el país terminará asumiendo compromisos en materia de intercambio de inteligencia, operaciones combinadas e interdicción contra organizaciones narcotraficantes, dentro de una estrategia regional que busca atacar las finanzas y la movilidad de estas estructuras.La discusión aparece en un momento especialmente complejo para Colombia. El próximo gobierno recibirá un país con regiones como Catatumbo, Arauca, Nariño, Caquetá y el Bajo Cauca donde las organizaciones armadas han ampliado su influencia, mientras los cultivos ilícitos alcanzan cifras históricas. Ese escenario lleva a que el debate trascienda el componente diplomático y se concentre en las capacidades reales que necesitará el Estado para recuperar el control territorial.Desde esa perspectiva, el consultor en seguridad Luis Eduardo Saavedra sostiene que la prioridad ya no pasa únicamente por incrementar operaciones militares, sino por reconstruir la cooperación internacional que durante décadas fortaleció las capacidades de las Fuerzas Militares. “El Catatumbo, el Bajo Cauca, Nariño, Arauca y Caquetá son territorios donde el Estado perdió presencia real durante cuatro años de una Paz Total que no desarmó a ningún grupo significativo y dejó a las Fuerzas Militares operando con restricciones de inteligencia mientras Washington reducía la cooperación por fricciones diplomáticas”.Para Saavedra, el Escudo de las Américas “no es una invitación ideológica: es la oferta más concreta sobre la mesa para recuperar la capacidad operacional que Colombia necesita ahora”.Teniendo en cuenta el escenario actual de seguridad del país, no hay dudas de que la principal ganancia estaría en restablecer mecanismos de cooperación que Colombia ya conoce, y la estrategia puede abrir la puerta para regresar a un camino más estrecho de cooperación en seguridad, inteligencia y actividades militares, teniendo en cuenta que se necesita recuperar herramientas como la inteligencia satelital, la interdicción marítima y el entrenamiento especializado, capacidades que históricamente Estados Unidos ha aportado cuando la relación bilateral ha sido sólida.Abelardo de la Espriella y José Manuel Restrepo, presidente y vicepresidente electo de Colombia. Foto:EFEEl debate sobre la soberanía también atraviesa la discusión. Los críticos de la iniciativa sostienen que Colombia podría quedar subordinada a la agenda estratégica de Washington. Sin embargo, tanto Ellis como Saavedra consideran que ese escenario no necesariamente corresponde al diseño del mecanismo.El académico estadounidense insiste en que “no ve nada contractual ni que afecte la soberanía”, mientras Saavedra recuerda que la ausencia de Colombia, Brasil y México durante el lanzamiento de la iniciativa dejó un vacío que hoy convierte al nuevo gobierno en un actor con capacidad de negociación y no simplemente en un receptor de condiciones.Por otro lado, al reconocer los beneficios que podría traer una mayor cooperación militar y de inteligencia, los expertos advierten que aún existen interrogantes sobre el alcance jurídico del ingreso colombiano. En ese mismo punto, César Niño explica que la adhesión al Escudo no implica, por ahora, la presencia de tropas estadounidenses en territorio nacional, pues una decisión de esa naturaleza requeriría autorización del Congreso. Lo que sí prevé es un incremento de las acciones coordinadas, del intercambio de información estratégica y del apoyo logístico para operaciones contra organizaciones criminales.Donald Trump y Abelardo de la Espriella Foto:Archivo EL TIEMPO / AgenciasBajo esa lectura, el anuncio de Abelardo de la Espriella trasciende el alcance de un primer pronunciamiento presidencial. La propuesta anticipa un giro en la estrategia de seguridad al plantear el restablecimiento de un modelo de cooperación que durante años ocupó un lugar central en la lucha contra el narcotráfico. Al mismo tiempo, vuelve a ubicar a Colombia dentro de una arquitectura regional de seguridad frente a organizaciones criminales que operan a través de varios países y cuya capacidad de expansión ha convertido el crimen transnacional en un desafío compartido para la región.Jesús Antonio Blanquicet - Redacción Justicia Sigue toda la información de Justicia en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.







