Cada cuatro años un poderoso analgésico llamado Lionel Messi calma los dolores y suelda las fracturas de la sociedad argentina. Durante las semanas que dura un Mundial parecen suspenderse las angustias económicas, las grietas sociales, la desesperanza ante un futuro que nunca se transforma en porvenir, dado que, como señaló el antropólogo francés Marc Augé (1935-2023), el futuro es un dato cronológico, es el tiempo próximo, mientras el porvenir es lo que una persona o una sociedad hacen con ese tiempo. En la antigua Grecia las Olimpiadas se iniciaron en el 776 antes de Cristo para honrar a Zeus y poner una tregua momentánea en las guerras. Los Mundiales de fútbol no garantizan, ni se proponen hoy esas pausas. Las guerras continúan, las injusticias y las desigualdades se profundizan, los enconos nacionalistas crecen incentivados por hinchadas enfermas de fanatismo y la complicidad entre la FIFA, una organización cuasi mafiosa que regula el fútbol en el planeta, y marcas voraces genera pingües negocios en los estadios, en los países organizadores y en las pantallas televisivas. Pero el Mundial cumple, sobre todo en la Argentina, la función de los ritos y propicia mitos, como el de ser los mejores del mundo. Joseph Canpbell (1904-1987), quizás el principal estudioso de la mitología universal, autor de El héroe de las mil caras, libro fundamental al respecto, sostenía que los ritos y los mitos responden a una necesidad humana de trazar y sostener un rumbo, de establecer un orden y ofrecer explicación de una vida que de por sí no los muestra, y que sin ellos sería una deriva espantosa. Todo pueblo y toda persona tienen sus ritos y sus mitos, que habitan en el inconsciente individual y en el colectivo. La ignorancia sobre esta cuestión lleva a confundir mito con mentira o a llamar mito a cualquier figura popular. Pero fama y mito no son lo mismo y los verdaderos mitos representan temas esenciales y profundos vinculados a la memoria, los legados, la cultura, los anhelos, y las identidades de las personas y de las sociedades. También de la humanidad en su conjunto, por eso hay mitos universales e inmortales. Los pueblos, entonces, crean sus propios mitos para representar en ellos su historia, su identidad y su propósito. El mito cumple su función cuando actúa como brújula, como faro que guía a la sociedad, y cuando ella lo expresa en sus proyectos y su conducta. Cuando el mito inspira un porvenir. La Argentina sostiene sus mitos a partir de la popularidad de ciertas figuras del deporte o del espectáculo. Los reverencia pero no los emula. No se inspira en ellos (más allá de declaraciones, declamaciones y usos políticos y publicitarios oportunistas). En lugar de hacer como ellos, de reproducir en la esfera de cada persona las virtudes que los llevaron a destacarse, espera que ellos hagan por la sociedad lo que esta no realiza por sí misma. Una forma de pensamiento mágico que, cuando la vida del mito viviente llega a su fin, se convierte en sensación de pérdida y vacío, en una pegajosa melancolía. Así es cómo, cuando termina un Mundial en el que Messi brilla, deslumbra y transforma, solo queda la celebración casi maníaca y desesperada (porque no hay otras cosas para celebrar colectivamente en una sociedad devastada), y la espera del próximo Mundial, de la próxima dosis de analgésico. En el ínterin se reproducen los Adorni, los placares con cajones llenos de dólares espurios, las comisiones del 3%, los casos Libra, los casos Hotesur, las empresas que cierran, los trabajos que se pierden, las castas que no desaparecen, sino que engordan, y la inmoralidad como política de Estado. Los mitos perduran, los analgésicos tienen efecto limitado y la enfermedad crece detrás de ese efecto.