El soberano no está en porretas. Es el efecto Troxler: un fenómeno que se produce cuando se fija la mirada en un punto y la imagen comienza a desvanecerse hasta desaparecer. No se trata de brujería, se debe a que las neuronas sensoriales aprenden a ignorar aquellos estímulos que no sufren cambios y dejan de captarlos.Lo mismo ocurre con las construcciones culturales que pilotan la concepción que se tiene del mundo. No cabe duda de que el relato del traje del emperador es una fábula que critica la hipocresía y la falta de arrojo de los que optan por negar la mayor antes que afrontar la realidad, pero también se emplea para apagar la luz a los importunos que aturden con sus opiniones. Al margen de que no hay peor ciego que el que no quiere ver, está el que solo tiene ojos para lo suyo y no es capaz de percibir más allá del cúmulo de pautas y mandatos bendecidos por los valedores del reglamento. La ceguera atencional, como se conoce a la citada ilusión óptica, termina siendo intencional cuando se recurre a todo tipo de afirmaciones con el fin de paliar los desafíos que propone el pensamiento heterogéneo.De esta forma se apela al punto de vista del experto para que confirme lo desatinada e ininteligible que resultaba tal o cual propuesta culinaria separada del regazo de la armonía. Bueno, de lo que se juzga como tal, aunque a la vista está que muchas asociaciones tradicionales de productos, de sabores o aromas están normalizadas más que armonizadas. Pero es más cómodo tildar de impetuoso y arbitrario un planteamiento diferente de los lugares comunes que tomarse la molestia de auditarlo en profundidad para tratar de comprenderlo.Analizando los retos que plantea la cocina contemporánea al comensal, la doctora en Bellas Artes, artista e investigadora Almudena Baeza se refiere al placer del displacer provocado por algo que no es objetivamente satisfactorio, pese a que la idea de complacencia en alimentación no es lineal, como lo certifican cada vez que viajamos factores como la cultura, los usos y las costumbres, las creencias religiosas, las preferencias personales y la historia, que ha hecho de la necesidad un factor determinante en la forma en que las sociedades han percibido la comida a lo largo de los siglos. No hay nada como el hambre, ¿verdad?, para cambiar los puntos de vista, apuntilla Arturo Pérez-Reverte en la novela Sidi. Es la reiterada pugna en la frontera donde el cuestionamiento del día a día y la confortabilidad de las ideas prefijadas entran en conflicto. Y como la discusión es de alcance, las nuevas realidades obligan al esfuerzo de tener que formular otras preguntas, de no perder de vista perspectivas que no por nuevas son menos legítimas y hacer aflorar algunas dudas, lo que puede llegar a molestar a los que sienten que se les mueve la cuchara sobre la que se sostiene su confianza. Baeza señala que quien no posee la información precisa para aprovechar una experiencia frente a una mesa llena de novedades —porque no ha podido acceder a ella o porque no quiere— quizá esté falto de elementos a los que aferrarse. Esto puede llevarlo a reaccionar con enojo o desprecio, expresando desde un “no me interesa” hasta un “es una tomadura de pelo”.El individuo que no ha sido educado en la propuesta que va a probar es el más propenso a ver las transparencias de la venerabilidad y exclamar eso de: “Pero si esto lo hace mi hijo”. La recurrente idea de “la verdad a través de los ojos de un niño”, que se atreve a decir lo que el resto solo piensa, da por sentado que la inocencia es un valor que desvela la verdad como ningún otro. El problema surge al intentar respaldar esa franqueza cuando el crío, además, dice que no le gustan ni el pescado, ni las alubias rojas, ni esa obra de Malévich, ni la tía Julia, y opina que el Quijote es un tostón.Recurriendo al desvanecimiento de Troxler como metáfora, he querido aludir a la carencia de enfoques coloridos y a la estrechez de miras que surgen en las penumbras de las zonas de confort. A la terquedad de unas costumbres que desatienden la diversidad de opciones, resistiéndose al cambio y sellando la posibilidad de explorar nuevos horizontes. A la excentricidad de sostener creencias inflexibles que desmienten la consideración de otras posibilidades, incluso cuando las pruebas precisan que, algunas veces, alejarse o entrecerrar los ojos facilita observar las cosas desde una distancia que ayuda a verlas mejor. Aunque como afirma el viejo dicho: “No hay nada más ciego que el amor propio”.
“Pero si esto lo hace mi hijo”: Anatomía del rechazo a lo desconocido
El reto del comensal ante la cocina actual es desprenderse de los prejuicios, apuntar un poco más lejos y buscar el placer fuera de las zonas de confort
El efecto Troxler metaforiza cómo la inercia cultural genera ceguera intencional a lo disruptivo. Tech leaders deben identificar y romper estos silos mentales para escalar adopción de nuevos paradigmas tecnológicos en la organización.








