Antes de ser un equipo, el Internacional FC fue durante un tiempo una conversación que se repetía en un bar de Santander. Allí se reunían varias personas para ver partidos por televisión y, poco a poco, descubrieron que muchas compartían el mismo problema. Jugaban al fútbol, pero no encontraban ningún club dispuesto a darles una oportunidad. Algunos acababan de llegar de otros países; otros llevaban ya un tiempo en Cantabria. Casi todos tenían en común la falta de contactos dentro del fútbol local.

Cuando llamaban a los clubes o preguntaban por la posibilidad de realizar una prueba, la respuesta solía ser la misma: las plantillas ya estaban cerradas. En muchos casos ni siquiera podían demostrar lo que sabían hacer. Se quedaban fuera antes de pisar el césped, no tanto por falta de nivel como porque nadie los conocía ni podía recomendarlos. No era una situación exclusiva de los extranjeros, pero para quienes acababan de instalarse en Santander esa ausencia de una red de contactos hacía todo aún más complicado.

Vicente Corral, fundador y director deportivo, llevaba años observando futbolistas y había detectado un patrón parecido: jóvenes con condiciones para competir que quedaban apartados de los equipos por falta de recursos, dificultades de adaptación o ausencia de oportunidades. Las conversaciones del bar pusieron nombres y rostros a un problema que ya se conocía.