Suso tiene 11 años y hay una frase que siempre repite: “Todas las estrellas, como Maradona o Pelé, salieron de equipos muy pequeños”. Le gusta decirlo porque él es parte de uno de esos equipos, un club infantil que montó hace 14 años un puñado de familias y en el que los niños jugaban con uniformes desparejados y balones donados. Los Dragones de Lavapiés nacieron y crecieron en un barrio sin espacio para campos de fútbol, siempre contracorriente. Se hicieron un hueco en número 18 de la calle de Embajadores, en una parcela que muchos llaman “el campito”. Lo han cuidado y protegido durante más de una década y ahora lo ven en peligro. El otoño pasado empezaron las obras para reformarlo y desde entonces no han avanzado. Mientras esperaban, les dijeron que podían entrenar en una cancha cercana, pero este verano también la van a renovar. Se quedan sin sitio. “Si no conseguimos campo... Se puede poner la cosa muy mal. No me quiero ir, es como mi familia”, se entristece Suso.El miedo de niños, padres y madres es que las obras se eternicen, el campo se degrade ―ahora parece un solar abandonado― y, tras los trabajos, pierda su esencia. “No quiero que Dragones se acabe, pero nos han dicho que igual nos mandan a Carabanchel a entrenar. Con el cole y todo, no podría ir”, dice Martin, de 10 años. Su amigo Bruno, un año mayor, no sabe qué hará si eso pasa: “Me parece raro, porque me queda muy lejos. Es que... no sé... jope. Me gustaba tanto el campito, aunque fuera pequeño”. Las obras empezaron el pasado septiembre, pero tuvieron que parar dos meses después porque se encontraron por sorpresa los sótanos del edificio que ocupó antes el solar y había que rellenarlos de hormigón para poder seguir. Desde entonces, la parcela está cerrada. Un portavoz municipal indica que la reforma se reanudará después del verano y se prolongará cinco meses. Hasta inicios de 2027, como mínimo, no podrán volver al campo. Durante este tiempo, unos 400 niños y jóvenes han entrenado en la cancha abierta de Casino de la Reina o en un colegio del barrio. El concejal presidente del distrito Centro, Carlos Segura, colgó el martes por la tarde en su perfil de X un comunicado para los vecinos de Lavapiés por “las últimas informaciones falsas y difamatorias difundidas en redes sociales sobre el solar”. En el texto señala lo mismo que el portavoz y añade que los trabajos se han parado por seguridad. También que el club recibe una subvención nominativa de 10.000 euros para el coste de las fichas de quienes no pueden pagar. “Siempre he creído en este proyecto y seguiré haciéndolo como una herramienta para combatir algunos de los problemas que afectan al barrio de Lavapiés”, escribe. Dolores Galindo, presidenta del club y una de las madres que puso en marcha Dragones, está angustiada. Cree que la reforma va a transformar el uso de la parcela: “Lo que nos proponen ahora es hacer [además del campo de césped] una zona abierta al público, pero si se convierte en un parque abierto, vamos a tener que pelear con todo el que entre para jugar”. En el Ayuntamiento aseguran que ellos se encargarán de abrir y cerrar la parcela “en el horario establecido”. Para Galindo, el solar, además de un terreno en medio de la ciudad, es un símbolo. “No queremos que se borre todo lo que nos ha ocurrido en él. Sin más espacios, habrá niños que opten por irse a otros clubes”.Su inquietud es compartida por el resto de familias, que piden alternativas para entrenar en el barrio mientras duran las obras, como que pongan a su disposición las canchas de otros colegios o institutos de la zona. Más de 100 asociaciones vecinales han firmado un manifiesto en apoyo a los dragones y sus reclamaciones. Si nada cambia, Kaï, de 11 años, sí piensa en irse a otro equipo: “No quiero, pero si no tenemos campo, no hay nada que hacer”. El niño de Luján, Marcos, es tres años menor y cada vez que madre e hijo pasan frente al campo, les invade la nostalgia. “Lo echo de menos porque lo veo en peligro. Pasas por allí y sientes tanto... Lo ves parado y eso, en este distrito, da pie a la desconfianza”, lamenta la mujer de 47 años. En el Ayuntamiento indican que “la Junta de Centro está abierta a estudiar cualquier solicitud formal que plantee el club”. “Tengo amigos de todos los países”Embajadores 18 es mucho más que un rectángulo de césped. Es donde niños de distintos lugares y situaciones familiares se conocen, se hacen amigos, se pelean, hablan de la Liga, de los deberes, de una jugada, del colegio. De lo que sea. “Tengo amigos de todos los países y puedo conocer sus culturas y sus comidas, porque me encanta comer”, explica Suso. De 80 chicos que entrenaban sin luz y llenos de barro hace 12 años, han pasado a ser más de 600 jugadores, de todas las edades, nacionalidades y contextos sociales. En los Dragones caben todos, tanto si pueden pagar la cuota anual como si no. En 2023, el Consejo Superior de Deportes les premió por promover la igualdad y la integración. Martín piensa en los amigos que ha hecho estos dos años como dragón: “Juego con un niño argentino, un amigo es de familia israelí, hace poco se unió un niño filipino-marroquí y luego otro de Bangladesh. Me gusta todo el mundo, nos llevamos muy bien”. Ninguno quiere irse. Tampoco Marcos, el hijo de María Gómez. En la familia son cuatro y tres juegan en el club. Ella, periodista de 46 años, se unió a las Dragonas, el equipo de mujeres, porque le daba envidia lo feliz que era su niño en el campito. Cada vez que ve a alguien con una camiseta por el barrio, se le llena el pecho. “Lo conoces todo de otra manera. Nos juntamos cineastas, maestras, reponedoras, personas sin hogar, amas de casa... La lista sigue”. A su lado, Carlota Coronado, de 48 y profesora en la Complutense, la mira y explica por qué piden lo que piden: “Tener este espacio es salvar al club. Nos dieron otra pista en Orcasitas y no íbamos, está muy lejos”. Son las seis de la tarde de un viernes y Milene Dos Santos, de 35 años, vigila a su hijo, de 10, en la cancha de Casino de la Reina. El niño es un dragón desde los cinco y ha crecido en el club, como Martin, Suso, Kaï, Bruno o Marcos. La mujer no es futbolera, pero Dragones, dice, es otra cosa: “Es la mezcla de familias, algunas más pudientes, otras menos, otras que acaban de llegar a España. Nos hemos ayudado muchísimo, como contra las redadas racistas, en las que nos manifestamos todos juntos”. Esmeralda Aguado asiente, mientras espera a que Elhajdi, un chico senegalés de ocho años, termine de jugar. Lo acoge en su piso casi desde que nació, para ayudar a la madre del niño, que trabaja lejos de casa: “Ya le ves, no para, todo el día con el balón. No se quiere ir a otro equipo porque es su barrio, sus compañeros, sus amigos del colegio. Si ves qué equipo han hecho...”. Se acuerda de cuando una empresa se ofreció a ponerles un buen césped de forma gratuita. “Lloramos tanto, nos creíamos dioses”.
Salvar a los Dragones, el club de fútbol en el que conviven niños de diferentes nacionalidades: “Sin campo no hay nada que hacer”
Las obras de la parcela en la que jugaban niños y jóvenes llevan paradas casi ocho meses y la cancha que han usado mientras tanto empezará a reformarse este verano. Las familias temen que la falta de espacios termine por echarlas del barrio








