Los debates sobre periodismo son una de las cosas que más me aburre de la profesión, pero mucho más cuando esos mensajes se trasladan a la opinión pública y se convierten en debate nacional porque tenemos que asistir a espectáculos bochornosos de hipocresía en la profesión y también en los lectores y los consumidores de información. A nadie le importa el hecho de acceder a información reservada en fase de instrucción cuando es lo suficientemente jugosa para sus intereses, le importa cuando afecta a alguien que le cae bien o defiende sus mismas ideas. La filtración de la agenda y las conversaciones de José Luis Rodríguez Zapatero han vuelto a poner en el debate público el caso de las filtraciones. Lo ha hecho porque es un personaje que tiene muchos defensores. Porque la vergüenza de esa filtración, que lo es, se ha dado miles de veces en democracia sin que movamos una sola ceja. Si el hecho nos escandaliza nos tiene que escandalizar cuando afecta a Bárcenas si somos de izquierdas, y cuando afecta a Zapatero si somos de derechas. Pero eso da igual. Somos unos hipócritas y unos cínicos.

Filtraciones de información reservada fueron los mensajes de la reina Letizia a Javier López Madrid cuando le mandó apoyo tras su implicación en el caso de las tarjetas black. El mensaje era este: “Te escribí cuando salió el artículo de lo de las tarjetas en la mierda de LOC y ya sabes lo que pienso Javier. Sabemos quién eres, sabes quiénes somos. Nos conocemos, nos queremos, nos respetamos. Lo demás, merde. Un beso compi yogui (miss you!!!)”. ¿Está justificado conocer un mensaje privado de la reina Letizia a un amigo suyo por mucho que nos parezca censurable apoyar a un implicado en un caso de corrupción? Pues diría que no. Que no es suficientemente relevante como para vulnerar el secreto de las comunicaciones por mucho que esté en un sumario al que no hemos tenido acceso y pueda tener cierto valor informativo. ¿Vale menos la intimidad de la reina Letizia que la de José Luis Rodríguez Zapatero? Pues si somos republicanos, de verdad, en un sentido cívico mucho más amplio que el de denostar a la monarquía tendríamos que defender que el secreto de las comunicaciones y el valor de la intimidad son derechos fundamentales que no pueden ser vulnerados a la ligera. Si analizan cada filtración poniéndose ante un espejo puede que no les salga un retrato bonito.