Cada vez más informantes exigen no ser identificados como condición para dar su testimonio, pero el exceso de celo en protegerlos incumple el deber de atribuir la información
Ocurre en el periodismo como con la maleza entre los cultivos: cuando no se cortan de raíz las malas prácticas, lo contaminan todo. En un periódico, la mala hierba es la imprecisión en el origen de las informaciones. Eso ocurre cuando, por un exceso de celo al proteger sus fuentes, el redactor utiliza muletillas que, pese a no aportar nada, pasan el filtro de la supervisión. ...
Como en esta aparente explicación en una noticia del jueves pasado sobre cómo el redactor conoció la reunión entre la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso y María Corina Machado: “[Se verán] media hora antes de que la opositora venezolana se dirija a los convocados en la Puerta del Sol, según ha podido saber EL PAÍS”. El Libro de Estilo cita esta última frase como modelo de lo que “no puede sustituir a la referencia a una fuente”. En la web, se corrigió así: “Según ha confirmado el equipo de Ayuso”.
Normas. El manual exige que los periodistas citen una fuente siempre que no hayan estado en el lugar de los hechos que narran, ya sea un testigo presencial o un documento que explica los hechos. La regla general es que el reportero debe “esforzarse en huir de las fuentes anónimas y citar el nombre de quienes hablaron con él”. Pero en algunos ámbitos, como la política, los tribunales o las empresas, resulta una rareza porque los informantes exigen como condición permanecer en la sombra.






