27 de junio, 2026 - 07h30No cabe duda de que los ecuatorianos somos adictos a la adrenalina. Campeones en llegar justo a tiempo, cuando algo va a cerrar. Reyes del esfuerzo al último minuto. Y, como se dice en periodismo, devotos de la hora de cierre.Eso ha quedado plenamente demostrado con esa veintena de jugadores que están disputando en nuestra representación el Campeonato Mundial de Fútbol 2026, de la FIFA, que ahora mismo se disputa en estadios de México, EE. UU. y Canadá.Tras una destacada clasificación previa en segundo lugar, solo tras Argentina, el campeón reinante, fuimos a nuestra quinta Copa del Mundo con un cúmulo de expectativas, y aparentemente sobra de merecimientos, para ser ya no más sparring de los grandes equipos, sino protagonista. Y no faltaron incluso quienes avizoraban una aproximación a lugares destacados en el podio final que tendrá el torneo.Pero dos baldes de agua fría nos devolvieron de golpe al pasado, y nos dejaron al borde de una tempranera eliminación que no se compadecía con el crecimiento futbolístico y todo el esfuerzo de destacados jóvenes, de origen humilde, pero que triunfan en situaciones tan competitivas como la Champions League o la Premier League, europeas.La derrota en los minutos finales ante Costa de Marfil y el muy injusto cero a cero ante el debutante Curazao ponían a la Tricolor con pie y medio en el avión de retorno, derrotada, humillada. Sobre todo porque la única opción que quedaba era ganarle al último rival: el cuatro veces campeón del mundo, Alemania, que ha llegado a la Copa 2026 también con ansias de repetir título.La misión parecía imposible y el pesimismo nacional, que parecía haberse hecho realidad, de pronto se fue disipando en las horas previas del partido, cuando otra vez la rutina se fue pintando de amarillo, al igual que las gradas del estadio, que coincidencia o no está en el corazón de una zona llena de ecuatorianos que migraron muchos años atrás hacia la capital del mundo y que nunca dejaron de apoyar a la Selección por fuertes que fueran los vientos en contra.Y llegó el partido decisivo. Y el gol del empate más con coraje que destreza del joven delantero Angulo. Y en la segunda mitad, a base de empuje y ganas, llegó el segundo gol con una inteligente reacción de Plata, aquel que juega en Brasil.Justo en ese momento, el país estalló de júbilo. Se estaba consiguiendo un objetivo casi imposible, que nos mantendría con vida en la competición. Los minutos que faltaban, menos de 20 con los alargues, se volvieron eternos, pero los jugadores dieron una gran muestra de amor a la camiseta.Ahora que ya el polvo de la celebración se ha asentado, hay que recordar las lecciones que nos dejaron los dos primeros partidos: el equipo no está bien ensamblado y si ha logrado clasificar ha sido por el pundonor deportivo. Falta estrategia que haga brillar a esos futbolistas que lo hacen en ligas supercompetitivas. Porque la combinación de fuerza, ganas y cabeza fría es la que permitirá que se siga avanzando en un torneo exigente y corto como es el Mundial de Fútbol. Y por favor, no nos hagan sufrir tanto otra vez. (O)
Gustavo Cortez Galecio: Adrenalínicos | Columnistas | Opinión
Ahora que ya el polvo de la celebración se ha asentado, hay que recordar las lecciones que nos dejaron los primeros partidos.











