Los devotos “progresistas” integran una comunión de fieles creyentes que acatan y obedecen a sus pontífices. Estos (políticos que dicen conocer la verdad revelada por la historia, intelectuales orgánicos con aspiraciones de liderazgo y periodistas con vocación apostólica) son los que definen el “lado correcto de la historia”, excomulgan a los infieles y justifican su confinamiento en un gueto de “derecha y extrema derecha” delimitado por el “muro del bien y del mal”. Este es el clericalismo de izquierdas, que como tal piensa que tiene patente de corso y cree que solo responde ante el “pueblo” y ante la “historia”. Un “pueblo” y una “memoria histórica” que reescriben el pasado, ahorman el presente y definen el futuro. Es una Fe (con mayúscula). Una Fe viva, y ¡bien viva en todos los sentidos!, que se condensa en estos diez mandamientos del dogma progresista hispano:Primero. Hay que renovar de raíz el Estado, que permaneció intacto tras el fin de la dictadura.Segundo. Hay que derrocar el régimen del 78 y la monarquía que lo vertebra, por perpetuar la dictadura al ser su mera continuidad maquillada. Dani DuchTercero. Hay que acometer una reforma o mutación de la Constitución, que defina al Estado como plurinacional, confederal y republicano.Cuarto. Hay que denunciar los escándalos acaecidos desde la instauración de esta actual democracia viciada: la impunidad de las tramas de ultraderecha, el terrorismo de los GAL, el mal uso de fondos reservados, las escuchas ilegales, las filtraciones documentales, la manipulación del 11-M, la policía patriótica y las tramas de corrupción.Quinto. Hay que proclamar la existencia de lawfare, es decir, la deliberada e insidiosa utilización de la ley por los jueces con fines políticos.Sexto. Hay que reformar la justicia y la policía, erradicando su fuerte corporativismo, que les impide asumir su papel en una sociedad democrática.Séptimo. Hay que evitar la connivencia entre las fuerzas de seguridad (UCO y UDEF) con los jueces de instrucción, por amenazar la democracia.Octavo. Hay que proclamar que la auténtica democracia española, aún por hacer, deberá buscar su antecedente conectando su legalidad con la de la Segunda República, violada criminalmente por una sublevación militar.El decálogo progresista es una ruptura deliberada y frontal del pacto de la transiciónNoveno. Hay que superar la entelequia de España como nación, para reconocer la realidad de unas “naciones históricas”, que quieren desarrollar todas sus potencialidades sin verse recluidas en una “cárcel de pueblos”.Décimo. Hay que revisar la historia de España, desmontar el mito nacionalcatólico y sustituirlo por un relato centrado en las libertades civiles, la democratización y los derechos sociales.Más claro, agua. Mi respuesta es también diáfana:1º. La transición fue un pacto transaccional entre los hijos de los que ganaron la guerra y los hijos de los que la perdieron, 36 años después de su fin.2º. El decálogo progresista es una ruptura deliberada y frontal del pacto transaccional de la transición; es el guion de una revancha en toda regla que, si triunfa, será el fin de la Segunda Restauración tras 50 años de fecunda vigencia, al igual que sucedió con la Primera Restauración.3º. En este trance, hay que apelar una vez más al diálogo y a la transacción, aún posibles si ambas partes tienen voluntad de corregir los errores y disfunciones del sistema, pero sin sustituirlo por otro.4º. Si no hay acuerdo, que puede no haberlo por culpa de tenores y jabalíes, iremos todos de nuevo al enfrentamiento, sea como sea este, siempre con grave quebranto general.5º. Este enfrentamiento será, otra vez, de media España contra la otra media, como en 1936; algo que la progresía no entiende ni admite, por enrocarse en el dogma de que, en 1936, hubo una sublevación del ejército contra el pueblo. Pero no fue así; el ejército también se dividió. Porque, si de veras hay un muro, este separa a media España de la otra media. Es lo que hay. Escribió Tzvetan Todorov que “la memoria del pasado será estéril si nos servimos de ella para erigir un muro”.