Una constatación recorre hoy a las fuerzas socialistas, socialdemócratas y progresistas del mundo: el orden que las vio nacer y crecer ha desaparecido. La economía, el trabajo, la tecnología, las formas de acción política y hasta la manera en que las personas construyen su identidad han cambiado tan radicalmente que muchas de las certezas heredadas del siglo XX ya no explican el presente. Sin embargo, buena parte de la izquierda sigue actuando como si ese mundo aún existiera.Esta desconexión se expresa en el avance sostenido de las ultraderechas, menos como una alternancia de corta duración que como el reflejo de incapacidades del progresismo para interpretar el nuevo mundo, conectar con quienes se aspira a representar y cumplir los cambios prometidos. Basta observar el resultado de las elecciones en Argentina, Chile y Colombia, o la incertidumbre que rodea la continuidad del proyecto político en Brasil, para dimensionar la extensión del fenómeno.La autocrítica es incómoda, pero necesaria. Cuando las fuerzas progresistas han gobernado ha habido avances reales, sin duda, pero también fracasos que no conviene minimizar. Mientras tanto el mundo atraviesa transformaciones comparables en profundidad a la Revolución Industrial —esta vez impulsadas por la tecnología, nuevas fases de globalización y formas cada vez más intensas de capitalismo e individualismo— y una crisis climática que remueve las bases mismas de la vida humana. Frente a todo eso, la ciudadanía no busca que se repitan diagnósticos conocidos. Busca respuestas para una realidad que pierde sentido y, especialmente, busca una perspectiva de futuro que le devuelva algo de esperanza.Ofrecer esperanza para el mundo actual exige, antes que nada, comprenderlo. Y ahí está el punto ciego: para trazar un rumbo el progresismo debe actualizar su propia lectura del presente. No se trata de una tarea menor. Implica revisar certezas asumidas durante décadas, incorporar preguntas que antes no existían y aceptar que algunas respuestas del pasado ya no son suficientes. Es, en el fondo, un ejercicio de humildad intelectual poco frecuente en la política contemporánea, donde suele premiarse la convicción inmediata por sobre la duda razonada.Es en ese contexto que cobra sentido la iniciativa que hemos lanzado desde la Fundación Friedrich Ebert en Chile (FES) con un ciclo de diálogo y reflexión sobre los desafíos que enfrenta actualmente el mundo progresista. Se trata de un espacio que combina análisis riguroso con la lógica de un laboratorio de ideas: no busca reemplazar los debates internos de los partidos, ni redactar un programa, o promover liderazgos o estrategias de alianza. Su objetivo es más modesto y, quizás por lo mismo, más ambicioso: generar las condiciones para pensar con apertura y espíritu crítico, en un momento en que ser oposición ofrece un tiempo propicio para la reflexión, que el ejercicio del poder rara vez permite.Uno de los elementos más relevantes de este tipo de ejercicio es su carácter internacional, ya que la FES está promoviendo espacios similares en distintos lugares. La renovación del pensamiento progresista difícilmente surgirá de una sola conversación en un solo país. Se está gestando, más bien, a partir de múltiples procesos simultáneos —en Europa, América Latina y otras regiones— que enfrentan preguntas similares desde contextos distintos. La posibilidad de que estas reflexiones nacionales se nutran de los debates internacionales, y viceversa, es quizás una de las ventajas reales frente a un desafío que, después de todo, no es exclusivo de ningún país.También resulta significativo el tipo de conversación que estos espacios intentan proteger: reservada, no secreta, pero sí resguardada de la lógica inmediata de la difusión pública, precisamente para permitir que se aborden temas difíciles sin la presión de la exposición instantánea. Es una apuesta a contracorriente de una época que privilegia la declaración rápida sobre la pregunta bien formulada.Porque, en el fondo, de eso se trata: no de encontrar respuestas apresuradas, sino de formular mejores preguntas sobre el presente y el futuro. El progresismo no gana nada con insistir en sus diferencias internas, que existen y son legítimas. Su vigencia descansa en construir una interpretación compartida de aquello que une a las fuerzas que promueven la democracia, la libertad y la justicia social. Solo a partir de esa base será posible proyectar alternativas creíbles: una promesa de porvenir en la que las personas puedan volver a confiar. Nada más, y nada menos, que eso.
El progresismo frente a un mundo de transformaciones
La autocrítica es incómoda, pero necesaria. Cuando las fuerzas progresistas han gobernado ha habido avances reales, sin duda, pero también fracasos que no conviene minimizar









