Más de la mitad de los bachilleres españoles (51%) no tiene claro qué quiere estudiar, según una encuesta del Círculo de Formación. Y España no es una excepción en Europa en esta indecisión. La OCDE sostiene que esta “indefinición profesional es mala para los jóvenes” porque “incrementa el riesgo” de que tengan “un empleo de peor calidad”, pero no hay duda de que a los 17 años es difícil tener las cosas claras. Así lo ve Laia Lluch Molins (Barcelona; 33 años), graduada en Educación Primaria y profesora de Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).Lluch pertenece al Grup de Recerca en Educació (GREDU) de la UOC, que investiga sobre el futuro de la enseñanza en un mundo en constante cambio. En esta entrevista por videoconferencia desde Barcelona mantiene que la pasión por un grado universitario “no se descubre, se va construyendo con el compromiso y la experiencia”. Y rompe moldes al decir: “Se ha instalado la idea de que tener un plan B significa tener poca convicción, cuando es al revés. Tener un plan B para elegir estudios es decidir con madurez”.Pregunta. Usted argumenta que lo que debe de preocupar es que un chico de 17 años tenga claro lo que quiere estudiar. Sorprende.Respuesta. Justo. Es lo preocupante. A los 17 o 18 años no es que no sea solo normal el no tener una vocación definida, sino que realmente es lo esperable. Pedirle “la decisión” sobre su futuro es un error. No todo es A o B. En nuestra sociedad nada es para siempre. La gente se divorcia, cambia de municipio, viaja más que nunca. Tomamos unas 35.000 decisiones a lo largo del día, pero ponemos el foco en el joven: “Pobrecito que no sabe qué estudiar”.P. ¿Deberían tomarse entonces un año sabático para pensar, como en los países del norte de Europa?R. El parar no sé si es bueno, quizás sí para los más inquietos. En otros países hacen un curso troncal. Uno de cada cinco universitarios abandona en España el primer año la carrera y un 46%, según un estudio de la OCDE, considera que la escuela ha hecho poco para prepararlo para la vida adulta y se siente desmotivado para seguir aprendiendo. El sistema educativo tiene que avanzar, estar a la altura de lo que la sociedad exige. Porque el país ha cambiado mucho desde un punto de vista social, económico y profesional.Necesitamos que, desde bien pequeños en las escuelas, nos enseñen a planificarP. ¿Comparte la idea estadounidense de los grados abiertos a la carta que se está implantando en España?R. Sí. La pasión no se descubre, se va construyendo con el compromiso y la experiencia. A mí me funcionó el saber primero qué no quería ser o hacer.P. ¿Coincide con el psiquiatra Hay Giedd cuando dice que hasta finales de los 20 e incluso los 30 años se sigue madurando las funciones ejecutivas de tomar decisiones complejas, de planificar a largo plazo o de regular las emociones?R. Sí. Necesitamos que, desde bien pequeños, en las escuelas nos enseñen a planificar partiendo de nuestras posibilidades. Por ejemplo, que al principio el niño sepa qué llevar mañana a la extraescolar, en el corto plazo. Y a medida que crecemos esas funciones ejecutivas maduran. Tenemos más criterio, experiencia, contactos, e incluso hay adultos que nos pueden servir de faro. Pero si le pides a una persona de 17 años una decisión decisiva sobre su futuro, quizás su cerebro todavía está aprendiendo a hacer esta planificación.P. ¿Biológicamente qué le pasa al cerebro a esa edad?R. No es que esté inmaduro, sino en proceso de seguir madurando. Se halla en proceso de construcción.P. ¿Por eso es esperable que tengan dudas sobre qué estudiar?R. Justo. Y además, en la sociedad actual, es enorme el abanico de carreras, de másteres, de especializaciones para salir al mercado. No tiene nada que ver con la generación de mis padres. Me preocupa cuando un joven dice: “O entro aquí o nada”P. Sin embargo, pese a la enorme oferta, muchos jóvenes no tienen un plan B si no ingresan en el A.R. Me preocupa cuando un joven dice: “O entro aquí o nada”. Se ha instalado la idea de que tener un plan B significa tener poca convicción, cuando es al revés. Tener un plan B para elegir estudios es decidir con madurez, no significa dudar de ti mismo. Las personas que mejor gestionan estas transiciones no son las que lo apuestan todo por una sola carta, sino las que habían explorado, ya sea con contactos, preguntando a la familia, o a través de prácticas.P. Esta falta de un plan B es muy recurrente en Medicina.R. Es muy ilustrativo. Tenemos a estudiantes con notas altísimas que entran no porque hayan construido un interés real por la profesión, sino porque existe cierta presión social. Si la nota lo permite, el entorno quizá lo lee como un éxito. Una nota alta no significa que haya una vocación. El criterio de “tengo nota para entrar” no debería substituir nunca el criterio de “esto tiene sentido o no para mí”.El dudar no es fracasar, cambiar de rumbo no es retroceder"P. ¿Se detecta mucha presión familiar?R. Las familias tienen un papel fundamental, pero no para resolver la decisión, sino para acompañar a ese joven que está construyendo un criterio para tomar la decisión. E influyen las redes, donde hay una comparación permanente que genera esa falsa sensación de que todo el mundo tiene claro qué estudiar menos tú. P. Los sucesivos informes PISA muestran que la indecisión de los chicos de 15 años crece desde principios de siglo. ¿Cree que se va a detener?R. El dudar no es fracasar, cambiar de rumbo no es retroceder. La pregunta de fondo no es cómo evitar que se equivoquen, construir un sistema para que a los 17 años tengan superclaro qué quieren ser para toda la vida. La tendencia es que el abanico de posibilidades [de grados a elegir] sea cada vez mayor, porque la sociedad avanza, se transforma por la inteligencia artificial o por lo que nos depare el futuro. Y la escuela tiene que estar preparada para capacitar a los futuros adolescentes para decidir qué quieren ser en ese escenario.
Laia Lluch, investigadora: “Tener un plan B para elegir estudios es decidir con madurez”
La profesora de la UOC argumenta que el cerebro madura hasta el final de la veintena y a un adolescente le cuesta aprender a planificar a largo plazo












