¿Cuánto es lo máximo que puede durar una ola de calor en Europa con el actual clima? Científicos de la Universidad de Wageningen (Países Bajos) consideran que las más prolongadas conocidas a escala europea fueron las de 1947 y 2003, que se alargaron 10 días. Y en España la más larga registrada (con unos criterios algo diferentes) duró 26 días en 2015. Sin embargo, se ha comprobado que el cambio climático está provocando que estos episodios sean cada vez más intensos, más habituales y más duraderos. Un estudio publicado en Communications Earth & Environment indica que los métodos tradicionales para predecir estos eventos de calor extremo se quedan cortos y considera posible físicamente que haya ya olas que duren casi 40 días.En el trabajo el grupo de investigadores tenía como objetivo saber “cuál sería la peor suerte que podríamos tener —en lo que respecta a las olas de calor— con el clima que ya tenemos hoy”, indica Laura Suárez-Gutiérrez, profesora adjunta de Dinámica Atmosférica en la Universidad de Wageningen y líder del estudio.Para ello, Suárez-Gutiérrez y su equipo utilizaron un modelo climático novedoso, capaz de recrear miles de veranos plausibles bajo las condiciones actuales del clima en Europa central, que considera en España solo la región norte. A partir de situaciones de partida similares a grandes olas de calor del pasado, como la de 2003, introdujeron pequeñas variaciones —el equivalente al “efecto mariposa” de las predicciones meteorológicas— para explorar cómo podían evolucionar esos veranos. El hallazgo más sorprendente fue que “las olas de calor más extremas no aparecen como eventos aislados, sino después de otras olas previas”, explica la autora. La razón más plausible, apunta, puede ser por acumulación de calor: los primeros episodios secan los suelos, se sobrecalientan los océanos, y entre un episodio y otro no hay capacidad de recuperación, lo que favorece la intensificación del siguiente.Un mes sin tregua¿Y qué consecuencias tiene esto en diferentes ecosistemas? En el caso del suelo, tal y como explica Sara Marañón, investigadora en ecología y edafología en el Centro de Investigaciones Ecológicas y Aplicaciones Forestales (CREAF) de Barcelona, el calor altera su funcionamiento, “acelera la actividad de los microorganismos, favorece la pérdida de carbono y, cuando se prolonga durante semanas, va agotando poco a poco una de las mayores reservas de carbono del planeta”. A ello se suma el aumento del riesgo de incendios forestales, favorecido por la desecación continuada de la vegetación. En lo que respecta a los entornos sanitarios, el impacto depende sobre todo de la capacidad que tengan de absorber el exceso de casos relacionados con las altas temperaturas: “Las primeras olas de calor suelen concentrar el mayor número de fallecimientos, pero si los casos se acumulan en el tiempo, los hospitales pueden llegar a saturarse, igual que ocurrió durante la ola de calor de 2003 en Francia”, explica Hicham Achebak, investigador del Instituto de Medicina Social y Preventiva de la Universidad de Berm (Suiza). El calor sostenido también afecta a la salud a través del deterioro de la calidad del aire. Las altas temperaturas favorecen la formación de ozono troposférico y agravan la contaminación atmosférica, un problema especialmente relevante para las personas con enfermedades respiratorias y cardiovasculares, que durante semanas podrían ver interrumpida su actividad al aire libre.En el caso de las viviendas, sobre todo las que están aisladas y carecen de otras estrategias de climatización pasiva como la ventilación cruzada o persianas, se conserva el calor en el interior, tal y como explica Helena Coch, arquitecta y profesora de la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC). “Según los materiales con los que están construidas las casas, estas tienen una cierta inercia: cuando empieza el calor, tardan dos o tres días en calentarse, pero, cuando ya están calientes, es muy difícil bajar la temperatura interior, tanto del aire como de las paredes”, añade.Paredes blancas y aire acondicionadoCon este riesgo en el horizonte, ¿cómo podemos prepararnos frente a él? Para algunos entornos, como el urbano, la ciencia ya tiene algunas propuestas, como pintar las azoteas de blanco, que pueden reducir las temperaturas de la isla de calor urbana hasta 1,75 °C y “valen tanto para episodios puntuales como olas de calor duraderas”, indica Gara Villalva, directora del proyecto URBAG, del Instituto de Ciencia y Tecnología Ambientales de la Universidad Autónoma de Barcelona. Su efecto no obstante es limitado y además algunas otras propuestas, como los parques urbanos, dependen también de unas condiciones ambientales mínimas. “Los árboles proporcionan sombra y refrigeración mediante la evapotranspiración, pero en escenarios de sequía prolongada pierden parte de esa capacidad”, señala. Acheback también apunta a la urgencia de instalar aire acondicionado en las casas de la población más vulnerable, es decir, aquella que no tiene capacidad de acceder a refugios climáticos por problemas de movilidad, por ejemplo. Por su parte, Coch recuerda la importancia de las persianas: “La protección solar es fundamental. Si el sol entra en la vivienda, después es muy difícil eliminar ese calor”. La ventilación cruzada es otra estrategia ventajosa: con ella, se puede reducir la temperatura en interiores hasta 3ºC.En el ámbito del suelo, la solución pasa por evitar dejar el suelo desnudo, aumentar el aporte de materia orgánica y mantener la humedad. “Las cubiertas vegetales, los restos de cosecha y el compost ayudan no solo a reducir la temperatura del suelo”, sino también a sostener su fertilidad, indica Marañón. En 2003 Europa descubrió que el calor podía convertirse en una emergencia sanitaria. Dos décadas después, la ciencia advierte de que el verdadero reto quizá no sea solo ver cómo respondemos a días con nuevos récords de temperatura, sino cómo gestionamos semanas de calor sostenido en ciudades, hospitales, viviendas y ecosistemas que fueron diseñados para un clima que ya no existe.
El clima actual ya vuelve factibles olas de calor de casi 40 días en Europa
Un estudio da evidencia científica de cómo en los veranos las temperaturas extremas se prolongan en intensidad y duración











