“La cara destrozada de Topuria” se me aparece como el gran símbolo de este desquiciado segundo mandato de Trump. Lo entrecomillo porque así lo escribió mi compañero Andrés Gil, corresponsal en EEUU, en sus Crónicas desde Trumplandia. “La cara destrozada de Topuria, deformada por el estallido de los huesos propios, cegado por los golpes desde el segundo asalto”.

El espectáculo obsceno y violento de la fiesta de cumpleaños sangrienta del presidente (y el 250 aniversario de la independencia del país) representa una nación que se precipita por un barranco y que arrastra a otros en su caída. El ultra Abelardo de la Espriella gana las elecciones en Colombia por 250.000 votos. Por solo 43.000, la conservadora Keiko Fujimori obtiene la victoria en Perú. El mundo se escora a la derecha, hacia el pensamiento reaccionario y ultraconservador, individualista, privatizador, religioso y defensor del privilegio (blanco, masculino, hetero). ¿Qué hacemos? ¿Saltamos del barco antes de que se hunda, como el comandante Schettino, o nos hundimos con él mientras achicamos agua inútilmente?

Escucha a Downtown Boys, un grupo estadounidense actual de punk-rock chillón e incómodo (sobre todo para Trump): “Vamos a abrirnos paso a pesar de que intenten meternos en una caja, a pesar de que intenten despojarnos de nuestras propiedades, de nuestro trabajo y de nuestros cuerpos”, dicen en esta entrevista que les ha hecho Rafa Cervera. Los artistas tienen mucho que perder porque no es difícil arrinconar a un trabajador cultural molesto: se le proscribe moralmente y el resto del trabajo lo hace el algoritmo.