Pocos momentos retratan mejor a la derecha “con pantalones” que la reciente alocución del diputado republicano Agustín Romero, en la que, en reiteradas ocasiones, denominaba “humanoides” a quienes cometen desmanes en protestas escolares. La palabra se mantiene incluso frente a los llamados de atención de quien dirigía el debate, la diputada RN Ximena Ossandón. Cada vez que lo corregían, con el gozo de un niño que busca estirar un poco más los límites, él insistía en la expresión. La provocación era evidentemente deliberada: desafiante, dijo “yo trato (a la gente) como quiero, si no me llevan a (la comisión de) ética”. Sabía que la insistencia tendría réditos virtuales, que el video de la intervención llegaría rápido a las redes, que sus adherentes lo aplaudirían con rabia, que no dejarían pasar la oportunidad de dedicarle algunos insultos a la propia Ossandón, a Diego Schalper (blanco favorito del bullying en los últimos días), a Chile Vamos, a todos los que no son del lote. La asonada de Romero se enmarca en un cúmulo reciente de agresiones gratuitas por parte de esa facción de la derecha, la mayoría de ellas producto de la discusión sobre la acusación constitucional contra el exministro Nicolás Grau. Para varios parlamentarios, la mayoría de ellos republicanos, no encontrar mérito en la acusación recién aprobada por la Cámara de Diputados equivale a una rendición política frente a la izquierda, un buenismo intolerable para quien vive sumergido en la lógica de la guerra cultural. Aunque las voces más fuertes provienen del partido del presidente Kast, también las hay en todo el arco de la derecha. Algunos les espetaron a quienes se desmarcaron de la acusación que nadie consideraría el gesto mañana, que la izquierda vendría por sangre más temprano que tarde, que la guillotina no distinguiría cómo votaron en una AC en particular. El diputado Marowski, libertario, incluso deslizó una crítica contra el proyecto que aumenta los requisitos para presentar y aprobar acusaciones constitucionales, por considerarlo oportunista. Como si la disputa facciosa —dentro de la derecha, pero extendida en nuestro sistema político— no fuera un problema casi tan grave como las urgencias sociales, probablemente el obstáculo que dificulta encontrar caminos para resolverlas con la decisión que requieren. Son tiempos dulces para la derecha que eligió ser radical, no tanto en las ideas como en los estilos. Se dieron muchos elementos: la farra constitucional por parte de las izquierdas, la incapacidad permanente del Gobierno de Gabriel Boric, las disputas internas del antiguo oficialismo, la inmovilidad de Chile Vamos para volver a pensar y terminar con su Piñeradependencia, la habilidad para hablar en el lenguaje que enciende y circula a gran velocidad entre las audiencias de redes sociales. Pero las mieles del triunfo son embriagantes y llevan a pensar que la posición que tienen es más sólida de lo que parece. Hay en esa derecha una mentalidad de patota, de saberse fuertes y, por ello, intocables y con autorización para agredir; de poder decir lo que se quiera, cualquier bravuconería, porque los vientos los favorecen. Para lo demás, la comisión de ética. La mentalidad de patota se opone precisamente a lo que este gobierno ha necesitado más, que es la mentalidad de coalición, una que le permita desplegar su agenda sin que cada idea implique un avance arduo y rocoso. La patota les redituó mientras fueron oposición —y todas las oposiciones tienen algo de eso— pero no sirve para la siguiente etapa. No hay que apurarse en buscar un nombre, un logo, voceros o un centro de operaciones para esa agrupación. Ni siquiera es necesario formalizarla. Pero sí que urge encontrar un tono civilizado con el que relacionarse, sobre todo ante las discrepancias que naturalmente surgen al gobernar. Los momentos favorables para la nueva derecha pasarán, ya sea por el desencanto y la decepción de los ciudadanos, o en nombre de Franco Parisi. Solo una estructura sólida, que parte por aceitar las relaciones humanas sobre las que se sostiene la política, será capaz de sobrevivir al ciclo de impugnaciones en el que estamos metidos, a la política en estado de irritación permanente, a los vociferantes, a los intolerantes del disenso, a los verdaderamente antipolítica.