Primero fue apenas una vibración. Un movimiento leve bajo mis pies. Después, un rumor sordo que parecía venir desde las profundidades de la tierra. Un temblor.Así comenzó el primero de los terremotos que sacudieron Venezuela aquel 24 de junio. Era el primero, aunque no el único. Tampoco era el primero en la historia de un país acostumbrado a convivir con las discretas sacudidas de una geografía sísmica.El movimiento inicial duró unos 30 segundos. Más tarde se conocería su magnitud: 7,2. Pero cuando parecía que estaba terminando, algo cambió. El sonido se volvió más grave, más cercano. El piso empezó a moverse con una violencia distinta. Ya no era una espera incómoda; era una amenaza.“No puedo quedarme aquí esperando a que termine”, pensé. “Tengo que salir ya”.Tomé las llaves y corrí hacia la puerta.En el pasillo del edificio, fragmentos del techo caían casi en cámara lenta. Se escuchaban gritos detrás de las puertas. Algunas mujeres, como yo, intentaban abrirse paso hacia las escaleras mientras el edificio parecía doblarse sobre sí mismo. Había lágrimas, confusión y ese miedo animal que aparece cuando tu propio hogar se convierte en un arma. Todavía no sabíamos que un segundo terremoto, de magnitud 7,5, había seguido al primero. Solo sabíamos que algo había cambiado entre el inicio y el final de aquellos 45 segundos. Aunque el reloj marcó menos de un minuto, un día después seguíamos recordándolo como una eternidad.Logramos salir. El edificio seguía en pie.A nuestro alrededor, todo parecía extrañamente normal. En Baruta no se reportaban daños importantes y las calles conservaban una calma desconcertante. Después de casi un minuto de terror, costaba creer que algo hubiera ocurrido.La ilusión duró poco. Comenzaron las llamadas. La primera fue a mi padre. Esa mañana había planeado bajar a La Guaira y durante varios minutos imaginé lo peor. Contestó casi de inmediato.—Estamos bien. Estamos en Caracas. Te vamos a buscar.Su tranquilidad me sostuvo unos segundos.Después llamé a mi mejor amigo, Ernesto. Vive en Los Palos Grandes, una zona donde los terremotos nunca son solo una posibilidad geológica, sino también una memoria colectiva. En 1967 varios edificios colapsaron allí, marcando para siempre la relación del sector con cada temblor.Ernesto no respondió. Volví a llamar. Nada. Sentí cómo se me cerraba el estómago.La siguiente llamada fue a mi mejor amiga, Rosaury, quien también vive en Los Palos Grandes. Contestó al primer tono.—Estoy bien. Mi perro y yo estamos bien. La sala se partió en dos.Respiré, por lo menos estaba viva, pero la calma duró apenas un instante.—El edificio de enfrente se cayó completo —continuó—. Está en el piso. Se escuchan los gritos. No se ve nada.Miré alrededor. Mi calle seguía intacta. Su calle parecía una zona de guerra. Intenté mantener la voz firme, pero no pude. Se me salieron las lágrimas y empecé a tartamudear. El edificio que mi amiga veía desde su ventana era El Petunia, uno de los cuatro edificios que colapsaron en Chacao. Dieciséis pisos convertidos en una montaña de concreto. Decenas de familias atrapadas bajo los escombros. En las horas siguientes rescatarían a 23 sobrevivientes. 11 habitantes del edificio no tendrían la misma buena suerte. El Petunia, y los otros caidos, eran las nuevas heridas para un municipio que todavía conserva las cicatrices de terremotos anteriores.—Ernesto no responde. Voy para allá —le dije.—No vengas —me pidió Rosaury—. Por favor, no vengas.Entonces llegó el mensaje.“Creo que el techo se partió. Estoy buscando a mi gata para salir, pero no la encuentro. La casa está llena de escombros”.Leí esas palabras dos veces. Respiré otra vez. Ernesto estaba vivo, pero necesitaba ayuda. Así serían algunos de los cientos de mensajes que enviamos y recibimos en las horas siguientes a la dupleta de terremotos: Estoy bien, mi edificio tiene daños graves, creo que perdí la casa, se cayeron las paredes, no sabemos a dónde ir, mi familia no me contesta, mi mascota desapareció durante el temblor, necesitamos ayuda. Y así es cómo te das cuenta que lo que acabas de sobrevivir, quizás acaba de destruir al país. El peor desastre del sigloLa noche fue un inventario de pérdidas antes incluso de saber qué habíamos perdido. Mi padre pasó a buscarme y fuimos por Ernesto. Conforme avanzábamos hacia Chacao, la ciudad cambiaba de cara. En Baruta los edificios seguían en pie; unas cuadras más adelante comenzaba otro paisaje. Había fachadas abiertas como si alguien las hubiera cortado con un cuchillo. Muros derrumbados, balcones desprendidos, decenas de personas permanecían en las aceras con una mochila al hombro, resignadas a pasar la noche al aire libre antes que volver a entrar a un edificio. No era miedo. Era instinto.No pudimos entrar hasta el edificio de Ernesto. Las calles de Los Palos Grandes estaban bloqueadas. Lo esperamos sobre la avenida Francisco de Miranda. Bajó cargando dos bolsos, una transportadora con su gata y lo poco que alcanzó a rescatar de su casa.Mientras regresábamos todavía sentíamos las réplicas.El Parque del Este, la Plaza Altamira y la Plaza Los Palos Grandes se convirtieron en refugios improvisados. Familias enteras se instalaban sobre cartones o sábanas, esperando que amaneciera antes de decidir qué hacer. La Alcaldía ordenó evacuar varios edificios, pero muchos otros salían por decisión propia. Nadie quería dormir bajo un techo.Las comunicaciones apenas funcionaban, los mensajes llegaban con horas de retraso, las llamadas se cortaban y las redes sociales cargaban a cuentagotas. Y esa noche, la falta de información también era una emergencia.El terremoto golpeó a un país que ya llevaba años viviendo otra catástrofe: una emergencia humanitaria prolongada, un gobierno autoritario y un ecosistema informativo profundamente deteriorado. Mientras miles de personas intentaban localizar a familiares desaparecidos, muchas plataformas seguían bloqueadas y los medios independientes continuaban enfrentando censura y restricciones para informar. No sabíamos cuántos edificios habían caído. No sabíamos cuántos muertos había. Ni siquiera sabíamos dónde buscar.Cuando por fin conseguimos abrir las redes sociales apareció otro mapa del desastre. Fotografías de edificios convertidos en montañas de concreto, listas improvisadas de desaparecidos, mascotas extraviadas, mensajes que decían simplemente: “¿Alguien ha visto a mi mamá?”Entonces empezamos a hablar de La Guaira, y de lo poco que sabíamos de lo que había pasado ahí. Mi padre vive allí desde hace casi veinte años. Encontró en esa ciudad una tranquilidad que Caracas nunca le dio. Pensamos en los vecinos. Ninguno respondía. Nos repetíamos la misma explicación para tranquilizarnos: no hay electricidad, no hay señal.Hasta que, cerca de la medianoche, mi hermana me escribió.“Por favor, no se lo digas todavía a papá.”Adjuntó un video. La imagen era oscura y apenas se distinguía la entrada del edificio. Detrás ya no había edificio, solo un vacío.“Se cayó en segundos”, decía la voz de quien grababa. “tu edificio ya no existe”Miré a mi padre. No le enseñé el video. Solo me acerqué y lo abracé.Aquella mañana él había decidido no bajar a Tanaguarena porque tardó demasiado haciendo una fila para echar gasolina subsidiada. Ese retraso le salvó la vida. Pero todavía no sabemos quién logró salir, ni quién sigue debajo de los escombros. Veinticuatro horas después, ningún equipo de rescate ha llegado. Son nuestros vecinos, nuestra conserje, sus hijos, sus nietos. Nuestra comunidad entera bajo los escombros. Con las horas empezamos a entender la dimensión de la tragedia en La Guaira. Solo en nuestra calle en Tanaguarena habían colapsado cinco edificios. Ninguno había recibido todavía equipos de rescate. Algunos vecinos hablaban de más de treinta edificios derrumbados en todo el estado. Las fotografías y los videos que llegaban lentamente por WhatsApp mostraban un paisaje irreconocible: fachadas abiertas, bloques de concreto convertidos en polvo, edificios inclinados que parecían seguir resistiendo únicamente por inercia.Había cientos de desaparecidos. Sus nombres circulaban en listas hechas por ciudadanos, en publicaciones de redes sociales, en hojas de cálculo compartidas entre desconocidos. A falta de acción estatal, eran los propios venezolanos quienes organizaban la búsqueda de vecinos, familiares, amigos y mascotas, reconstruyendo, nombre por nombre, una ciudad que había dejado de reconocerse a sí misma.No era la primera vez que La Guaira enfrentaba una tragedia. En 1999, el deslave de Vargas borró barrios enteros y dejó miles de muertos y desaparecidos. Quienes crecieron allí aprendieron que la naturaleza podía arrebatarlo todo en cuestión de horas. Siempre pensé que ningún lugar debería sobrevivir dos veces a una devastación así.Pero después entendí que no era La Guaira, Caracas o Venezuela la que sobrevivía a la naturaleza y la negligencia gubernamental. Éramos nosotros.Y sobrevivir tiene una crueldad que pocas veces se cuenta. Sobrevivir es abrir el teléfono y descubrir que la calle donde pasaste tu adolescencia ya no existe; intentar recordar el color de un edificio antes de que se convierta en una montaña de escombros; agradecer que tu padre siga vivo mientras aceptas que otros padres no volverán a casa.Hay una culpa silenciosa en seguir respirando cuando el paisaje que te construyó desaparece.Porque un terremoto derrumba edificios, pero también obliga a quienes sobreviven a aprender cómo se habita un país después de verlo partirse en mil pedazos.
El día que Venezuela se rompió en mil pedazos
Hay una culpa silenciosa en seguir respirando cuando el paisaje que te construyó desaparece











