Bisagra clave entre siglos, Joris-Karl Huysmans (1848-1907) transitó entre el naturalismo y el simbolismo, el nihilismo y la fe religiosa con la fluidez incómoda de un errante comprometido. De esa nerviosa virtud camaleónica da cuenta su clásico A contrapelo (1884), friso de interiores a medias entre Flaubert y Perec que elevó el artificio a su más luminosa y retorcida expresión, marcando el distanciamiento de la narrativa sociológica de Émile Zola a la que Huysmans había respondido en sus inicios.Un dilema y otras nouvelles se asume un conjunto significativo por alumbrar esas radicales intermitencias del autor francés, con “A la deriva” –que cierra el volumen– como un relato inmediatamente anterior a A contrapelo y su antecesor lógico. Allí el burócrata Jean Folantin –hecho a la medida de Huysmans, que trabajó toda su vida en un ministerio estatal– prefigura al misántropo y pesimista Des Esseintes aunque sin alcanzar su reclusión total.Rengo, cuarentón y solitario, Folantin se pasea “a la deriva” como un flâneur desesperanzado por una París ajena, comprobando con melancolía el paso del tiempo y la degradación propia y ciudadana. El spleen es compartido por el lector actual, que registra quejas decimonónicas que bien podrían enunciarse en el presente: Folantin desprecia la americanización de las avenidas con cafés y cervecerías, lamenta la instauración del dinero financiero como única medida de valor, cuestiona el traer hijos al mundo, lamenta la proliferación de libros olvidables y hasta practica la sustitución de alimentos por sus variantes químicas.Esa lucidez anticipatoria es la del relato, que es en sí una “deriva” formal y algo ensayística sobre diversos temas que van del amor a la comida, de los teatros a la decoración. Como Des Esseintes, Folantin encuentra en la comodidad hogareña su último y definitivo consuelo, un universo entero en el que recogerse y librarse a decadentes ensoñaciones que no son sino la literatura abjurando del mandato realista.En esa misma línea cabe destacar el relato “El retiro del señor Bougran”, hallazgo que aborda tempranamente el arte del simulacro a la manera de las parábolas de Melville. Obligado a jubilarse por un sistema que privilegia la juventud, Bougran deambula por las calles parisinas fiel a las criaturas de J. K. Huysmans hasta que se le cruza una excéntrica idea: replicar su oficina con una exactitud tal que le permita retomar su rutina.Así replica el lugar de trabajo y su lenguaje protocolar, se hace enviar peticiones que él responde, contrata a un asistente para que le aliviane la tarea. El resultado es una realidad tan falsa como solipsista, un puro gesto vacío (y como tal, estético) que emula el ajetreo laboral sin la justificación ganancial. El aristocrático Bougran es el opuesto ideal de Bartleby, el promotor de un “preferiría sí hacerlo” que lleva su ficción hasta unas absurdas y extremas consecuencias. Solo un conflicto político podía amenazar naturalmente esa burbuja, cuando la criada le reproche que ella sí debe trabajar en serio.El trasfondo de clases se hace palpable con grotesco esplendor en “Un dilema”, donde Huysmans pinta con plástica maestría –herencia de sus pictóricos antepasados flamencos– el miserable mundo del que luego rehuirá progresivamente. Allí dos burgueses curtidos se confabulan para dejar sin nada a una mujer pobre que había quedado embarazada del hijo de uno de ellos, haciendo jugar la ley para sus mezquinos intereses; el desenlace es cínico y espantoso.Mucho más afable a pesar de su contexto bélico, el cinético “A cuestas” recrea las peripecias de un soldado cuya colitis lo salva de ir al frente de guerra y que vaga entre trenes, campamentos y hospitales antes de regresar a casa y constatar, sentado en su inodoro, que la contienda fue necesaria “para apreciar el valor de una palangana de agua, para saborear la soledad de los lugares donde uno se baja los calzones, a gusto”.Un dilema y otras nouvelles, Joris-Karl Huysmans. Trad. Raúl A. Cuello. Editorial Partícula,182 págs.