La asunción de Adrián Ravier como nuevo vocero de la Casa Rosada marca el límite de una estrategia frustrada mediante la cual Javier Milei y su hermana Karina intentaron defender a capa y espada a quien hasta ahora había sido la principal cara de la comunicación del Gobierno, el jefe de Gabinete, Manuel Adorni. La desgracia en la que cayó el funcionario en medio del in crescendo del escándalo de presunta corrupción que protagoniza obligó a los hermanos a pegar un volantazo y a correrlo como portavoz de los anuncios oficiales. Adorni, envuelto en sospechas sobre su patrimonio y su injustificable nivel de vida, ya no servía para dar las buenas noticias que quieren instalar en la agenda los libertarios. Y el desplome de su imagen pública a la vez arrastraba hacia abajo la del propio Presidente.
Hay hipótesis sobradas de por qué los Milei insistieron hasta aquí en no soltarle la mano a su jefe de Gabinete, por más que lo hayan corrido de la función adjunta de vocero. Un dato ilustrativo: Adorni participó, junto a ellos, de las principales reuniones del caso $Libra y su silencio parece ser una prioridad para el Gobierno. Pero el hecho de que ya no puedan exponerlo en público demuestra hasta dónde trepó la crisis de credibilidad: para una administración que hizo de su discurso anti casta su principal bandera, un affaire como el que mancha al jefe de Gabinete repercute el doble.














