Estaba viendo una película en el ordenador el miércoles a última hora de la tarde. No recuerdo la hora exacta porque era fiesta nacional: el 205º aniversario de la batalla de Carabobo. De repente, el móvil empezó a mostrar unas líneas rojas, como de un electrocardiograma, y un mensaje: “Hubo un terremoto cerca de donde usted está. Muévase de lugar”.
Miré el teléfono varias veces, durante unos nanosegundos, y pensé: “Este celular ya empezó a echar vaina (se dañó, en criollo venezolano)”. Al instante todo empezó a temblar, cada vez con más fuerza. El movimiento no paraba y yo veía cómo se caían cuadros, adornos y espejos por todo el apartamento. Lo más impresionante era que las paredes se abrían con un rugido que venía de la tierra.
Mis gatas corrieron despavoridas a buscar refugio. Yo no sabía bien qué hacer y me metí bajo el marco de una puerta a esperar a que pasara lo que supuse que era un temblor. Pero fue infinito.
Cuando se detuvo el movimiento, corrí a la puerta y bajé. La mayoría de mis vecinos ya estaban en la calle, junto con los de otros edificios de alrededor. Todos tenían cara de angustia y de pavor, y se contaban entre sí qué hacían cuando ocurrió el terremoto.
No teníamos claro que habíamos vivido un terremoto, porque la información de la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas nunca está al día (y por eso siempre es motivo de burla). Este miércoles publicó su reporte a las 21:00 horas y los terremotos habían sido a las 18:00.










