En el año 1617 Diego Velázquez pinta una típica estampa sevillana, tres generaciones almorzando. Tres hombres a la mesa se llama el cuadro que hoy se expone en el Museo del Ermitage de San Petersburgo. La infancia, la edad adulta y la vejez comparten la vida cotidiana. Los tres sentados en torno a una mesa de mantel arrugado conversan mientras degustan un pedazo de pan, unos mejillones y unas granadas. El vino riega el almuerzo.Hasta hace pocos años hubiéramos pensado que la alimentación de una familia afectaba tan solo a la salud física. Los nutrientes presentes en la comida contribuyen al buen funcionamiento del cuerpo, afectando especialmente al sistema cardiovascular, inmune y endocrino. Sin embargo, la literatura científica ha aportado recientemente evidencias que indican que la alimentación afecta también a la salud cerebral. Todo ello se realiza gracias al eje de comunicación entre el intestino y el cerebro. Para poder comprenderlo hay que conocer un término, hoy ampliamente reclamado, llamado microbiota intestinal. Esta se refiere al conjunto de microorganismos que habita en el intestino grueso, y que se compone, principalmente, de bacterias, hongos y levaduras. Pero sobre todo bacterias.Estos diminutos organismos se pueden clasificar en diferentes familias, y entre ellos compiten o colaboran. Cuando una población de bacterias disminuye en número, sus depredadores también se ven afectados mermando su cantidad ya que se quedan sin alimento. Al contrario, aquellas bacterias que son devoradas por la población en descenso crecen desproporcionadamente. Por tanto, mantener una microbiota saludable supone respetar el equilibrio de las poblaciones de bacterias que la constituyen. De ahí la complejidad de este sistema. El estilo de vida de una persona impacta directamente en la salud microbiana. El desequilibrio de la microbiota afectaría, por tanto, a la salud cerebral. Uno de los primeros laboratorios en estudiar esta relación es el liderado por los profesores John Cryan y Timothy Dinan, de la Universidad de Cork, en Irlanda, que han contribuido a la fundación de la psiquiatría nutricional.Estos estudios permiten afirmar que la alimentación es un ingrediente fundamental en las tres grandes etapas en las que se divide el desarrollo del cerebro. En la infancia, la microbiota intestinal está considerada uno de los reguladores clave para la maduración del cerebro, ya que contribuye a la síntesis de neurotransmisores que participarán en los procesos de aprendizaje y desarrollo emocional. La investigadora Felice Jacka, de la Universidad de Deakin, en Australia, es pionera en los estudios que relacionan la salubridad de la dieta de los niños y adolescentes con su comportamiento y sociabilidad. Sus experimentos nos invitan a cuidar, con el mismo interés, la educación intelectual de nuestros hijos y su dieta. Su salud es la asignatura más importante. Pero también la de los adultos, ya que somos el ejemplo del que aprenden.Una vez alcanzada la madurez cerebral, en la mayoría de los casos a los 32 años, la microbiota sigue siendo fundamental para la regulación del cerebro, ya que continúa regulando la liberación de hormonas que contribuye al buen funcionamiento del cerebro y por tanto de la cognición y salud mental. Sin embargo, destacaría el papel de la microbiota en un proceso crucial para el mantenimiento neuronal: la generación de nuevas neuronas en el cerebro adulto. Este privilegio, recientemente descubierto entre otros autores por la doctora española María Llorens-Martín, supone un mecanismo de protección del cerebro que resguarda su salud con el paso de la edad. Aquí también contribuye la microbiota, ya que proporciona los factores de crecimiento para las nuevas neuronas. Una microbiota bien equilibrada, donde se respeta la complejidad de sus poblaciones, brinda mejores condiciones para la generación de neuronas jóvenes. Una vez más el estilo de vida saludable como promotor de la salud.Es en la llegada de la vejez, estimada a los 66 años, cuando la comunicación entre el cerebro y el organismo comienza a ver mermada su fluidez. Algunas poblaciones de bacterias disminuyen en densidad, afectando al metabolismo y favoreciendo la inflamación tanto de intestino como de cerebro. Esto se traduce, entre otras expresiones, en un posible deterioro cognitivo. Pero, afortunadamente, la investigación nos aporta pistas para mitigar el desgaste: la triple terapia de prevención para un envejecimiento saludable, de la Universidad Aalto, de Finlandia. Este proyecto propone un estilo de vida basado en el ejercicio físico y una dieta saludable adaptada a cada persona. Por esto es fundamental acudir a un profesional que acomode el conocimiento al individuo y sus condiciones. Y, como tercer elemento, la estimulación intelectual. La motivación, la ilusión, la curiosidad, y el aprendizaje como medicina de cabecera.Lo que Velázquez nos dejaba ver, siglos atrás, es que cuando tres generaciones se sientan a la misma mesa, comparten alimentación y, por tanto, las microbiotas de una familia se asemejan. Es otra forma de unión, invisible pero presente. Quizás Velázquez nos pretendía recordar que compartir comida es también una forma de comunicarnos, conectarnos, y de alimentar puentes y vínculos. Reconozco la necesidad de descansar y comer tranquilamente, pero apartar de la mesa a un niño con una pantalla es obstruir un enlace que hay que saborear. Sabor y saber comparten raíz.