La archiduquesa María Cristina, apodada Mimi, fue la hija favorita de la emperatriz María Teresa I de Austria. Lo fue tanto que, a diferencia de sus hermanos, se le permitió casarse por amor. “Me alegra que te interese Van Dyck más que la caza”, le escribió la joven a su marido, Alberto de Sajonia-Teschen, en el siglo XVIII, cuando le regaló un dibujo hecho por sí misma a partir de un cuadro del influyente maestro flamenco. El origen del museo Albertina de Viena, la que es una de las colecciones de arte más poderosas del mundo, es en realidad el legado de la historia de amor de sus dos fundadores. Y también es el relato de un hito de la conservación artística a lo largo de los siglos más turbulentos de la historia de Europa.La exposición Coleccionar para el futuro celebra el 250 aniversario del museo, que en el relato de su historia sigue llevando solo el nombre de él (incluso en las webs oficiales del museo), con la intención de reivindicar el de ella. Porque una de las razones de ser de la muestra busca enmendar uno más de los sistemáticos borrados históricos de las mujeres en el arte, reivindicando el rol que tuvo María Cristina en toda esta historia. Fue su fortuna familiar la que hizo posible que el matrimonio adquiriera sus primeras obras y fue su entusiasmo personal el que inspiró a su esposo. “Su pasión por el arte influenció enormemente en el joven Alberto. Ella murió mucho antes que él. Ampliar la colección fue una forma de mantener vivo ese amor”, cuenta a EL PAÍS Ralph Gleis, director del Albertina ante la pieza estrella de la muestra, La liebre, de Alberto Durero (1502). La obra del alemán, el epítome del naturalismo extremo de su autor y de su forma de romper con la tradición medieval en el arte, se guarda en el almacén del museo y se muestra rara vez por motivos de conservación. De hecho, el viaje a Madrid de esta pintura en 2005 para formar parte de una exposición en el Museo del Prado supuso la primera vez abandonó Viena desde su adquisición en 1796. El traslado estuvo rodeado de una intensa polémica en Austria. Es, junto a un autorretrato de Egon Schiele de 1910, la joya de esta exposición. “No queríamos simplemente recopilar las obras maestras de la colección. Eso ya lo hemos hecho muchas veces en todos estos años”, advierte Gleis. “La idea esta vez es la de contar la historia de cómo se recolectó lo que se recolectó, quién lo recolectó y cómo se puede compartir arte en distintas etapas de la historia”, dice.Fue el 4 de julio de 1775 cuando el conde Giacomo Durazzo, experto en arte a quien había recurrido la pareja, pudo mostrar a sus patrones una selección de 10.000 piezas, principalmente grabados e ilustraciones por el que ella pagó 8.600 florines, con un concepto muy específico: resumir la historia de la pintura a través del arte gráfico. Algunas de ellas ocupan la primera sala de esta muestra, para luego establecer un recorrido cronológico. Son apenas 90 obras de una compilación que ha ido creciendo en estos 250 años hasta superar en la actualidad el millón de piezas. El Albertina, con la ayuda del historiador de arte Christof Metzger, ha sido enormemente selectivo a la hora de comisariar la muestra de su aniversario, con la idea de “relatar paso a paso cómo la colección ha ido creciendo en función de sus necesidades a lo largo del tiempo”, apunta Gleis, cuya institución se autofinancia en un 60% gracias, entre otras cosas, a los 1,3 millones de visitantes que recibió el año pasado.La segunda parte de Coleccionar para el futuro se centra en la biografía el propio edificio y de “ese pequeño milagro”, como lo define Gleis, que ha supuesto conservar estas obras en tiempos tan turbulentos: de los múltiples viajes de las primeras obras, que siguieron a María Cristina y Alberto por toda Europa —de Venecia a Bratislava, Bruselas o Dresde— antes de instalarse en Viena, a épocas como la Revolución Francesa, las guerras napoleónicas y la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Con el final de la dinastía de los Habsburgo en Austria, el museo Albertina pasó a manos de la República del país, en 1919. Luego se enfrentó a uno de sus grandes retos, el de evacuar sus obras maestras durante la Segunda Guerra Mundial. Sus fondos comenzaron a trasladarse de forma gradual a lugares seguros a partir de 1939. Como a las bóvedas de la sede del Reichsbank en Viena (hoy el Banco Nacional de Austria) o al Túnel III de la mina de sal de Ischl-Lauffen. Esta medida fue todo un acierto. En 1945, poco antes del final de la guerra, el edificio sufrió graves daños a causa de una bomba lanzada por la Fuerza Aérea de los Estados Unidos. El traslado de la colección evitó pérdidas de gran magnitud. La muestra finaliza con una selección de obras de la artista italiana Rosa Barba. Una de ellas, Private Metaphysics, está creada de forma expresa para este aniversario. “Es una forma de que la exposición comience y termine con una mujer. Y también de hacer referencia al futuro del museo“, apunta el director del mismo.Para conmemorar sus 250 años, el Albertina organiza dos jornadas de puertas abiertas con acceso gratuito y un puñado de actividades públicas los días 4 y 5 de julio, el fin de semana de su aniversario. Ampliando la estela iniciada por Coleccionar para el futuro, el museo prepara para este mes de octubre la exposición Artistas femeninas del Albertina, centrándose por vez primera en su historia en el arte creado por mujeres en distintas épocas, desde el siglo XV hasta la década de 1970.
El museo Albertina celebra su 250 aniversario: un “pequeño milagro” de la conservación artística que surgió a partir de una historia de amor
La exposición ‘Coleccionar para el futuro’ evita ser un ‘grandes éxitos’ de la portentosa colección austriaca y se centra en contar su turbulenta biografía








