24 de junio, 2026 - 07h30Hay una imagen que ya conocemos de memoria: Lionel Messi parado frente a la pelota, los doce pasos por delante, el arquero estudiándolo, el estadio en silencio. Esta vez, con la selección de Argentina en el Mundial, contra Austria, ese silencio terminó en un suspiro colectivo. Falló el penal que lo habría puesto, en solitario, como el máximo goleador en la historia de los mundiales. Y por unos minutos, el mejor jugador del planeta volvió a ser, simplemente, un hombre.Lo que vino después fue la historia de siempre: la levantada. Marcó el primero de sus goles en el partido (con el que ya hacía historia) a los 38 minutos, y luego, el segundo, para cerrar el partido (90+5) y elevar la marca a 18 goles en Copas del Mundo de la FIFA, alcanzando el registro más alto de todos los tiempos. El penal fallado quedó para adornar una tarde histórica.Messi es como la vida (y permítanme la comparación sin pudor, porque pocas carreras lo ilustran mejor). El talento, por sí solo, no alcanza. Ni siquiera uno de los talentos más grandes que el fútbol ha visto.Hace falta fuerza. Hace falta voluntad. Hace falta esa terquedad silenciosa de seguir intentando después de fallar en público, con el mundo entero mirando, con el peso de una camiseta y una historia sobre los hombros. Hace falta sacrificio, y hace falta, sobre todo, no quedarse tirado en el punto donde se cayó.Repasen la carrera de Messi y van a encontrar una colección de caídas que la memoria colectiva prefiere olvidar: las finales perdidas con la selección, las comparaciones injustas con Diego Armando Maradona, los años en que se dijo que nunca sería el mismo fuera del Barcelona (de España), las eliminaciones tempranas, las críticas por no “ganarse” la camiseta argentina. Cada una de esas caídas parecía, en su momento, definitiva. Y cada una terminó siendo apenas el preámbulo de una levantada todavía más alta: ganar el Mundial de Qatar 2022, y ahora esto, otra vez, a los 39 años, escribiendo un récord en su sexto mundial que parecía imposible para un solo hombre, superando las 16 dianas del alemán Mirsolav Klose (en cuatro mundiales).Lo notable no es que Messi nunca falle. Falla, como todos. Erró un penal decisivo y lo dijo con una honestidad poco habitual en el fútbol de hoy: reconoció la bronca, la frustración de esos minutos. Ahí está la clave: no negó la caída. La asumió y siguió jugando.Y así es la vida, ¿no? Una sucesión constante de caídas y levantadas. Nadie está exento de tropezar: ni el más talentoso, ni el más preparado, ni el que más ha ganado. Lo que distingue a quienes alcanzan sus objetivos no es la ausencia de fracasos, sino la decisión –repetida día tras día– de levantarse una vez más. De patear el segundo balón con la misma convicción que el primero, aunque el primero se haya ido desviado.Messi falló un penal frente al mundo entero. Y diez minutos después volvió a buscar la pelota, como si nada, como si esa caída no le perteneciera. Esa es la verdadera lección, más allá del marcador y de los récords: la grandeza no se mide por no caer, sino por la insistencia con la que uno decide levantarse. Esa, y no otra, es la versión más fiel de la vida. (O)