José León Trejo, profesor de francés en el Instituto San Isidoro de Sevilla y concejal de la Unión Republicana en el Ayuntamiento hispalense, fue detenido por los sublevados liderados por el general Gonzalo Queipo de Llano en los estertores del golpe de Estado y fusilado el 17 de octubre de 1936. Durante 90 años, sus familiares —dejó viuda y nueve hijos— no sabían con certeza si sus restos se encontraban junto a los miles de ajusticiados que fueron arrojados a las fosas comunes que se abrieron en el cementerio de San Fernando. Hoy, se ha convertido en el primero de los 1.786 represaliados exhumados de la fosa de Pico Reja, en ese camposanto, en ser identificado gracias al cotejo del ADN. “Por fin vamos a darle una sepultura digna a mi abuelo”, se felicita Fernando Sarmiento León, de 70 años, uno de los nietos que más se ha esforzado por que llegara este momento.Pasadas las nueve de la mañana, un operario municipal descubría la lápida 0601-0605 del nicho del monumento levantado en el cementerio sevillano en recuerdo de las 1.786 víctimas que yacen en Pico Reja. Juan Manuel Guijo, el antropólogo que dirigió los trabajos de exhumación, confirmaba la caja que contenía los restos de José León Trejo, que le ha sido entregada a Fernando y a sus otros 15 primos, algunos bebidos de Madrid, que se han reunido allí esta mañana en Sevilla.La ceremonia de entrega ha sido muy sobria, como querían los nietos. La familia ha recorrido con la urna de madera envuelta en una bandera republicana los escasos metros que separan Pico Reja de la tumba familiar que uno de los hijos de León Trejo compró. ”Mi tío tuvo la clarividencia de encabezar la lápida con el nombre de su padre y la fecha de su muerte y ahora va a descansar justo allí, bajo la losa que lleva su nombre”, cuenta Sarmiento. Una lápida que se ha cerrado entre los aplausos de sus nietos y de los miembros de asociaciones memorialistas sevillanas que querían estar presentes en el único final feliz de Pico Reja, de momento. León Trejo nació en Sevilla en 1880. Cuando era profesor de francés, fue elegido concejal por la conjunción republicano-socialista en las elecciones del 12 de abril de 1931, que dieron lugar a la proclamación de la II República, dos días después. Ese mismo año fue nombrado gobernador civil de Guadalajara y ordenó la detención del cardenal Segura -arzobispo de Toledo- y su posterior exilio, una circunstancia que nunca le perdonó. Cuando, en 1937, tras el golpe de Estado, regresó como arzobispo de Sevilla, todos los 17 de octubre —la fecha en la que fue fusilado— el prelado le dedicó una homilía para dar gracias “a la justicia divina por el castigo ejemplar” que León Trejo había recibido. En marzo del 36 fue reelegido edil y, aunque el 10 de junio renunció a su acta, los golpistas detuvieron a todos los que formaban parte de la corporación municipal votada democráticamente y, en el caso de León Trejo, como en el de muchos de ellos, fue fusilado sin juicio previo junto a la pared del cementerio. Tenía 56 años. “Llegaron a casa a la hora de la siesta; a mi abuelo se lo llevaron en pijama”, cuenta Sarmiento. De allí lo llevaron a la cárcel de La Ranilla, desde donde escribía su mujer, Rosario Fernández. “Le decía que tranquilizara a los niños, que le llevara alguna manta y objetos personales”, rememora su nieto.Pero, como la mayoría de los descendientes de represaliados del franquismo, los recuerdos de Sarmiento no son herencia directa de su abuela, su madre, Rosario León, o sus tíos y tías. Los ha ido ensamblando con la ayuda de otros primos interesados en la historia familiar y gracias al impulso del movimiento memorialista. “Mi abuela y sus nueve hijos adoptaron la política de no transmitir la pena y el odio que llevaban dentro a sus hijos”, relata. “Hubo mucha resignación y con ella sacó adelante a toda la familia”. Indagando, supieron que semanas antes del golpe aconsejaron a su abuelo que huyera. “Se lo dijo mucha gente, pero nunca quiso irse, porque él no había hecho ningún mal a nadie”, explica Sarmiento.Tampoco huyeron otros dos hermanos de su abuelo, Manuel —funcionario del Ayuntamiento, ayudante de francés de la Escuela Normal de Magisterio— y Joaquín —también maestro y abuelo de los actores María y Paco León y de Ana León, presente en la ceremonia con un ramo de flores del color de la bandera republicana—, que también fueron fusilados. “No sé si llegarán a localizarlo”, comenta resignada la nieta de Joaquín. ”Ninguno de sus cuerpos ha aparecido”, recalca Sarmiento sobre sus tíos-abuelos. Precisamente, esa circunstancia hizo que, hace unos meses, los familiares recibieran una primera llamada de la Universidad de Granada para pedir nuevas pruebas genéticas para determinar cuál de los tres hermanos León Trejo estaban tratando de identificar. Finalmente, el ADN escribió el nombre de José, el único represaliado identificado hasta la fecha. “Creemos que Manuel también puede estar en Pico Reja o en Monumento [otra de las grandes fosas que siguen sin abrirse en el cementerio de Sevilla]. Probablemente Joaquín, al que fusilaron y mataron en Castilleja de la Cuesta, esté en alguna cuneta”, abunda. “O no, porque todo es por gente que dice que vio y no se investiga”, lamenta Ana León.“Cuando nos confirmaron que era mi abuelo, me asaltó una mezcla de muchos sentimientos”, explica Sarmiento. “Primero fue una sensación de cierto sobresalto porque, por la fecha del fusilamiento, pensábamos que mi abuelo debería estar enterrado en la fosa Monumento”. Pero una lección importante que han arrojado los tres años de trabajo en Pico Reja —entre el 20 de enero de 2020 y el 21 de febrero de 2023— es que “la tierra habla”, como advierte Juan Manuel Guijo, el antropólogo que dirigió los trabajos y, como en este caso, lo que dice no tiene nada que ver con lo que los historiadores y expertos habían escrito.Atasco en las pruebas de ADNY es que lo que en un primer momento se iba a circunscribir a una exhumación de unas 850 víctimas de la represión y 253 personas muertas por otras razones, arrojadas a una fosa que siempre se pensó que se abrió en julio del 36 y se cerró dos meses después, acabó convirtiéndose en la constatación de que Pico Reja es la mayor fosa común de España y la segunda de Europa Occidental, después de la de Srebrenica, en Bosnia Herzegovina. La cronología se amplió de dos meses a cuatro años (1940) y los cuerpos allí enterrados se elevaron a 10.076, 1.786 ajusticiados por los sublevados y durante la dictadura. “Pico Reja convirtió los estudios de historia en mitología”, señala Guijo.Para el antropólogo, que en este tiempo entabló relación casi personal con muchos de los familiares de las víctimas que se acercaban a ver los trabajos de exhumación, la identificación de José León Trejo es la mayor recompensa. “Es el momento más importante; lo que justifica nuestra tarea es poder devolver los restos a una familia”, cuenta. Pero esta satisfacción, que para los descendientes de las víctimas supone un descanso y una gran felicidad, encierra también una profunda tristeza. “Cuando nos confirmaron que era mi abuelo, me acordé de mi madre, de mi padre, de mis tíos, pero sobre todo de mi primo Juan Antonio León Manfredi, que fue quien más se movió para encontrarlo”, detalla, muy serio, Sarmiento, sobre su primo que falleció hace dos años. “Un recuerdo para mi primo Tano, que tanto luchó por este momento y ya está con su abuelo”, le ha recordado Sarmiento al pie de la tumba familiar. “Tenemos mucha alegría, pero es imposible no acordarse de él y de toda la gente que hubiera dado lo que fuera por vivir este momento”, abunda. “Hay un atasco enorme en las pruebas de ADN”, recalca el nieto de León Trejo, que se hace eco de una de las reivindicaciones de los últimos años por parte de las distintas asociaciones: la lentitud en la identificación genética. “Esa tardanza hace que se pierda el sentido de las exhumaciones porque en todos estos años los familiares más directos también están desapareciendo”, advierte Guijo. Las primeras muestras de ADN de Pico Reja se enviaron en diciembre de 2020 y las últimas en junio de 2023. En relación con la Fosa de Pico Reja, el laboratorio de la UGR ha realizado un total de 757 análisis de restos óseos y 437 tomas de muestras a familiares, indican fuentes de la Consejería de Cultura, competente en memoria democrática. Esa instalación también se ocupa del cotejo de muestras de la mayoría de las exhumaciones de fosas que están teniendo lugar en Andalucía, como la de Víznar. Desde 2019 se han analizado en el conjunto de la comunidad muestras de ADN de 4.146 víctimas y de 2.700 familiares, según los datos de la Junta.La búsqueda para Sarmiento y el resto de sus primos que han estado presentes en la entrega de los restos de su abuelo ha terminado. Han podido confirmar que ha estado estos 90 años sepultado en la fosa de Pico Reja. Pero para los descendientes del resto de los otros 1785 represaliados que yacieron con él, la incógnita de si el ADN señala más nombres continúa. Son familias que ni siquiera saben si sus allegados están en esta fosa o se encuentran entre las más de 2.600 víctimas que se cree que están sepultadas en la vecina de Monumento, donde Sarmiento daba por seguro que estaría su abuelo. A esta incertidumbre se suma una certeza mucho más dolorosa. Monumento, pese a que, como en el caso de Pico Reja, parte de un convenio firmado entre el Gobierno, la Junta, la Diputación de Sevilla y el Ayuntamiento, para acometer los trabajos, no va a abrirse a corto plazo, debido a las inexplicables dilaciones de un consistorio, dirigido por el PP, que no cree en la memoria democrática. La Diputación y la secretaria de Estado de Memoria están buscando la vía para iniciarlos por su cuenta. “Deberían seguir colaborando”, sostiene Sarmiento.