Los malos tienen su público, su tirón, su morbo. No hay más que repasar la lista de criminales abyectos que han recibido en la cárcel cartas de admiradores o incluso proposiciones de matrimonio. Ahí está el ejemplo de Juan José Garfia, que se llevó por delante a tres personas, se fugó unas cuantas veces y al final se terminó casando con una enfermera de la prisión. Andrea Camilleri contaba en su casa de Roma que apenas había escrito de la Mafia por eso mismo: “Tuve la oportunidad de conocer a dos o tres mafiosos y tenían la fascinación de la simpatía. No eran personas siniestras. Había que estar atento para no sentir atracción”. Estos ejemplos sirven de introducción a la pregunta: ¿se habrán enamorado los magistrados del Tribunal Supremo de Aldama?Víctor de Aldama tiene la pinta de un delincuente de película de bajo presupuesto. Ese porte que gasta de galán maduro, barba cuidada, cabeza alta, mirada desafiante, chófer y guardaespaldas, aunque sean de renting. No hay que fiarse. Pura fachada. Aldama ha demostrado que sabe moverse con soltura en el límite de la ley, unas veces por el borde de dentro y otras por el de fuera, sin hacerle ascos a nada, pero guardándose en la recámara la capacidad —y el dinero— para cuando vienen mal dadas. Buenos abogados, amistades blindadas en las altas y en las bajas esferas, secretos inconfesables, cabeza fría y, sobre todo, ningún escrúpulo.No es difícil imaginar que, desde la altura desde la que los seis magistrados y una magistrada del Supremo contemplaban a los tres acusados del llamado caso mascarillas, el único interesante desde el punto de vista jurídico e incluso humano era Aldama. Los otros dos —el jefe Ábalos y el lacayo Koldo— no eran más que un producto típico de la tierra, la caricatura en la que los grandes partidos españoles convierten a veces el arte de la política por la tentación del dinero. Pero Aldama…Hay un libro muy interesante de Giuseppe Ayala que se titula Quien tiene miedo muere a diario (Gatopardo Ediciones, 2025). Ayala fue íntimo amigo de los jueces italianos Giovanni Falcone y Paolo Borsellino, pero, sobre todo, fue el representante de la Fiscalía en el maxiproceso contra los capos de la Cosa Nostra celebrado en Palermo en 1986 y 1987. El libro cuenta el momento, verano de 1984, en el que Falcone se traslada a Brasil para interrogar a Tommaso Buscetta, recién detenido por la policía. El magistrado le pide que le hable de la Cosa Nostra, y el mafioso responde: “Nos pasaríamos aquí la noche entera, señor juez… Perdone, estoy cansado”. Falcone se da cuenta de que el detenido se ha salido de la fórmula habitual, que era algo así como “perdone, no sé a qué se refiere, yo esa palabra solo la he leído en los periódicos”. Nada más aterrizar en Palermo, Falcone llama al fiscal Ayala y le dice que la respuesta de Buscetta le hace pensar que quiere colaborar. El fiscal no lo tiene tan claro, y le responde: “¡Tú lo que tienes es jet lag! Duerme un poco, anda”.Lo de que Aldama no entre en la cárcel apesta.El Supremo lo sabe. Dedica casi un tercio de sentencia a justificar lo injustificable: una rebaja desproporcionada de pena y encima suspendida para que no entre en prisión.Huele fatal. pic.twitter.com/tHqszLHWAe— Joaquín Urías (@jpurias) June 22, 2026
El Supremo se enamora de Aldama
Las redes afean la suavidad con el comisionista, pero se abre la puerta a la figura del arrepentido











